El cinismo de la visibilidad estatal

Columnistas, Opinión

Una vez que se ha ratificado la sentencia para los militares por desaparición forzada y luego la muerte de los cuatro niños de las Malvinas, el Estado ecuatoriano parece haber perfeccionado un sistema de visión selectiva. Según este protocolo no escrito, la dignidad de un ciudadano no es un derecho intrínseco, sino un galardón que debe ser ganado en las pistas de atletismo y en las canchas polvorientas de mi país.  Pongo el dedo en la llaga que corre desde hace décadas: la instrumentalización del éxito afroecuatoriano en el deporte frente al abandono sistemático de sus comunidades de origen.

En el sector de Las Malvinas, y en tantos otros territorios periféricos, ser niño afrodescendiente es un acto de resistencia. Allí, la infancia no se traduce en protección, sino en una «cifra incómoda». Cuando la violencia estatal o la negligencia institucional golpean, el silencio administrativo se convierte en la política oficial. Es el «daño colateral» de una guerra que el poder no sabe, o no quiere pelear con justicia social, sino con estigmatización. Resulta aberrante que, para figuras como el presidente Daniel Noboa o el ministro Gian Carlo Luffredo, la existencia de estos menores solo cobre relevancia cuando se puede criminalizar su entorno.

Sin embargo, la narrativa cambia drásticamente cuando ese mismo niño, contra todo pronóstico y sin el apoyo inicial del Estado, logra colgarse una medalla de oro. En ese instante, la piel que antes era «factor de riesgo» se convierte en el «color de la gloria». Los balcones del Palacio de Carondelet se abren para recibir a Pacho, Caicedo, Rodríguez, Dajomes y otros más, los tuits de orgullo nacional se multiplican, Enner Valencia sale en un partido de eliminatorias cogido de la mano del hijo del presidente y es parte de la campaña “Ana”  liderada por la primera dama del país, y la empatía estatal siempre tan escasa, brota con la fuerza de las llamas de la refinería de Esmeraldas. Es el marketing de la victoria ocultando la miseria de la gestión cotidiana hacia los afroecuatorianos.

Es una ironía trágica: para que el Estado te reconozca como un ser humano digno de protección, primero debes demostrar que eres un superhumano. Debes correr más rápido que la bala que acecha en la esquina y saltar más alto que la negligencia de un ministerio. El mensaje que se envía es siniestro: si solo eres un niño intentando sobrevivir al olvido, no existes.

Un país que solo abraza a sus hijos cuando ganan trofeos es un país que ha fracasado en su contrato social básico. La memoria no puede ser un ejercicio de conveniencia política; debe ser un compromiso con la justicia. Mientras la justicia no necesite discursos y la memoria no necesite honra en los barrios olvidados, el brillo de cualquier medalla de oro siempre estará opacado por la sombra del abandono.

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