Diplomacia al límite

Columnistas, Opinión

La política internacional es un campo minado en el que se debe caminar con precaución. En los países donde se maneja con profesionalismo, no tienen cabida las apuestas temerarias ni las improvisaciones, pues cada decisión genera repercusiones que se extienden más allá del instante en que se toma.

En  el “Nuevo Ecuador”, la diplomacia se ha vuelto, por decirlo de algún modo, un terreno de decisiones arriesgadas. El gobierno de Daniel Noboa ha optado, evidentemente, por una estrategia de acción directa, incluso confrontativa.

Primero fue la intervención de la policía en la embajada de México en Quito. Un hecho sin precedentes que provocó una crisis diplomática con ese país y que aún mantiene al Ecuador en un litigio internacional.

A esto se suma la llamada “tasa de seguridad”, que eleva los aranceles a productos colombianos. Una decisión que se presenta como respuesta a los problemas de violencia ligados al tráfico de sustancias ilícitas en la frontera norte, pero que también introduce un elemento de fricción con un país que históricamente ha sido uno de los principales socios comerciales del Ecuador.

Ahora, de manera inesperada y sin explicaciones claras, se ha decidido declarar persona no grata al embajador de Cuba y retirar al representante ecuatoriano en La Habana. Un nuevo foco de tensión diplomática.

Medidas de esta naturaleza, consideradas de forma individual, pueden tener explicaciones estratégicas. El problema surge cuando se observa el conjunto. La política exterior de un país no puede depender del impulso del momento ni de la lógica del enfrentamiento permanente. La diplomacia, por definición, busca reducir tensiones, no multiplicarlas.

Gobernar implica tomar decisiones difíciles que, en determinados contextos, requieren firmeza. Pero existe una distancia enorme entre firmeza y temeridad. Las relaciones internacionales no son un tablero donde se pueda jugar al todo o nada sin calcular las consecuencias económicas, políticas y jurídicas.

El presidente Noboa parece apostar por una estrategia de alto riesgo: acciones contundentes que buscan proyectar liderazgo, pero que también generan conflictos innecesarios. En política exterior, las victorias rápidas suelen ser escasas; las consecuencias, en cambio, pueden ser duraderas.

Cuando una apuesta sale mal, quien termina pagando las consecuencias no es el gobierno de turno, sino el país entero. El Ecuador necesita una diplomacia firme, inteligente y responsable. La política internacional debe servir para proteger los intereses de la nación, no para abrir crisis permanentes. (O)

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