“Dictador”

En las últimas semanas, sectores de la oposición han intensificado el calificativo de “dictador” contra el presidente Daniel Noboa. Esta retórica, lejos de reflejar una realidad autoritaria, parece más bien una estrategia desesperada para deslegitimar a un gobierno que ha priorizado la seguridad y la estabilidad en un país azotado por el crimen organizado. Noboa lo expresó con claridad en su reciente entrevista radial: “Si fuese un dictador, no pudiesen decir que soy un dictador”. Tiene razón, pues, en un régimen totalitario, las críticas abiertas, los insultos y hasta los ataques personales contra su familia no existirían.
Noboa asumió el mando en medio de una crisis profunda. Su respuesta ha sido firme: declaración de conflicto armado interno y fortalecimiento de las fuerzas de seguridad. Quienes lo tildan de autoritario olvidan convenientemente que la verdadera amenaza a la democracia proviene del crimen que infiltró partidos, alcaldías y hasta instituciones.
Las acusaciones de concentración de poder suenan huecas cuando provienen de quienes antes defendieron o toleraron prácticas mucho más cuestionables. Noboa no ha cerrado medios, no ha exiliado masivamente a opositores ni ha suprimido elecciones (como el caso de Nicaragua). Al contrario, ha mantenido un marco institucional que permite el debate público y el escrutinio sobre cada acción gubernamental.
La etiqueta de “dictador”, imputada a Noboa, se convierte en un sofisma cuando se encuentra con la realidad: un verdadero dictador no toleraría las caricaturas, los memes ni las columnas críticas que circulan diariamente. Este gobierno enfrenta problemas complejos -seguridad, economía, institucionalidad- con decisión y sin complejos. En lugar de etiquetas fáciles, merece un análisis sereno que reconozca sus avances en un entorno adverso.
Defender el orden democrático no implica blindar al presidente de críticas constructivas, pero sí rechazar los advenedizos insultos disfrazados de “opiniones”. (O)
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