Desenmascaramiento y conciencia / Kléver Silva Zaldumbide

Columnistas, Opinión


MEDICINA INTEGRATIVA ORIENTAL

Parte de las mejores cosas en nuestra vida se suelen aprender en los peores momentos. Momentos que también han logrado destapar la infinita hipocresía, cobardía y falsedad del sainete politiquero. Tan despreciables comportamientos que desenmascaran a cada uno de los protagonistas de esta película llamada vida. La estulticia de estos seres es infinita que sólo comprueba esa carencia grosera de empatía en la bazofia vida de su inconsciencia. Bajo esta prueba que Dios puso al mundo, también se les cayó la máscara a muchas «autoridades» religiosas, «autoridades» indígenas, alcaldes, prefectos, presidentes de países y más políticos. Salieron a la luz los sociópatas y psicópatas que pululan entre nosotros. Nunca pensamos que miles de millones estemos confinados en el mundo mientras tanto homicidas, rateros, delincuentes y más, por miles escapan de las cárceles y se adueñan del planeta. Las redes sociales se llenaron de charlatanes, los que no saben sumar dan clases de economía, los que no saben de aspirina dan clases de medicina, los ladrones de décadas gobernando ahora dan clases de moral. Esta situación, como el aguacero, va descubriendo las lombrices del estiércol.

Médicos, enfermeras y personal sanitario, muestran sus rostros cansados, heridos por los implementos de seguridad, tras largas jornadas de trabajo. Quizás ahora ya no queda duda de que es una profesión incomparable y que los politiqueros no deben basurear al trabajador de la salud como lo hizo un monstruo durante una década.

Desobedeciendo las disposiciones legales, agreden físicamente y hasta atropellan con sus carros a las autoridades, se burlan diciendo que con este virus sólo se agravan los viejos. El «quédate en casa» constituye una mofa, libando, jugando en grupo en su calle, atentando y desafiando su propia salud y la de todos nosotros. Concluyentemente se ha logrado probar nuestra triste pero real idiosincrasia en su máxima expresión. Bastaría fijarse en los cuadros de números de infectados, fallecidos por edades, que no solamente son los “viejos”, que el comportamiento del virus no está totalmente conocido y que nosotros, no tenemos ni de lejos la infraestructura sanitaria del primer mundo.

Comprobamos también ahora que solos, con ese individualismo lleno de engreimiento, narcisismo y arrogancia ególatra del «mí metro cuadrado y el resto al carajo», no hemos conseguido nada. Entendimos que nada vale nada, ansiamos solo la salud y la vida. Esperemos en casa y no nos preocupemos tanto hasta llegar al miedo y al pánico ciego. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará nuestra oración. No digamos: «Dios no ha de querer que yo muera», digamos: «Dios me ha dado inteligencia y sé, por los instrumentos de Dios, que son los médicos, que debo estar en mi casa y no salir».

Sí, sí, no somos seres racionales, eso está claro, tan solo hace 70.000 años somos seres emocionales que razonamos, por eso las emociones quieren desbocarse, el pensamiento razonado tiene que primar ante las emociones, sobre todo aquellas tóxicas y desgastantes.

Somos los únicos que tenemos conciencia de que vamos a morir, quizás eso no nos hace mejores y no nos permite ser empáticos. Nuestra verdadera acción social será sembrar conciencia. Sin disciplina no habrá el puente que une a un logro. (O)

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