Decencia y política

Columnistas, Opinión

La decencia es la cualidad de obrar con recato, honestidad, modestia y decoro, respetando las normas morales y las buenas costumbres de una sociedad. La decencia en el ámbito profesional es el conjunto de actitudes basadas en el respeto, la honestidad, la compostura y la adhesión a las normas éticas y de buena convivencia. 

Estos tiempos preelectorales evidencian actos carentes de decencia. Los que dicen ser éticos utilizan las redes sociales para despotricar contra los adversarios con videos y datos incógnitos. Las reuniones barriales, acuciosamente organizadas por funcionarios municipales, sirven para que una persona con la careta de la candidata asome públicamente saludando a los asistentes. Otro candidato publica, por intermedio de terceros, «la encuesta» de preferencias ciudadanas con un primer lugar y con el 42,1 % en la intención del voto. Si se toma en cuenta el fraccionamiento del voto entre ocho postulantes a la alcaldía, no se alcanzaría ese porcentaje. En la pugna por la prefectura es otro tanto: asoman videos incriminatorios sobre ciertos participantes con la intención de descalificarles tempranamente; se lanzan acusaciones, se interpreta el sentir ciudadano con descaro y se ofrecen demagógicamente obras en papel.

Varios analistas ciudadanos coinciden en que las dinámicas actuales, impulsadas en gran parte por la inmediatez de las redes sociales y la búsqueda del impacto rápido, suelen premiar el espectáculo por encima de las propuestas serias y el respeto mutuo. Siendo así, la decencia es una condición indispensable en las personas para su desempeño social y profesional. Críticos actuales señalan que la mentira descarada y la manipulación de las emociones se han normalizado en las campañas y gobiernos. Cuando el político descubre que apelar a los sentimientos o polarizar rinde más que la verdad objetiva, se produce lo que los politólogos denominan una crisis de honestidad y rendición de cuentas.

Triste espectáculo cuando detienen a funcionarios públicos por actos presuntamente indecentes. Se habla de peculados, sobornos, diezmos en empleos, concusión por obras, tráfico de influencias y extorsión. Así, queda en entredicho el tipo de servicio que ofrecían y, aunque parezca una generalización, el mal de uno lo pagan todos. La percepción de que la decencia se ha terminado es un reflejo del creciente malestar ciudadano ante la inoperancia, la improvisación y la ausencia de previsión. El filósofo Avishai Margalit, en su libro The Decent Society (1996), define que una sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas, puesto que la «indecencia» ocurre cuando los gobernantes o las leyes excluyen, desprecian, mienten sistemáticamente o pasan por encima de la dignidad intrínseca de los ciudadanos. Zygmunt Bauman, autor del concepto de modernidad líquida, criticó a la política moderna porque se ha vuelto individualista y pragmática, sustituyendo los ideales morales por el marketing de corto plazo.

Los ciudadanos esperamos que se lleve una campaña política de altura, de honestidad y de decencia. No es mucho pedir, y quien se salga de este andarivel quedará expuesto ante la faz de la sociedad como un energúmeno que no soporta las normas morales de una convivencia fraterna y solidaria. (O)

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