Cuzqueños hicieron la revolución del 9 de Octubre. 1820

Columnistas, Opinión

“El siguiente día lunes 2 de octubre, hubo junta de conspiradores: como yo era el más formal de toda esa partida de atrevidos locos, la Junta me comisionó para pedir al coronel D Jacinto Bejarano permiso para proclamarle jefe de la revolución al efectuarla, persuadidos de que su solo nombre contribuiría poderosamente al éxito de ella, desvaneciendo todo temor en el pueblo…”

Estoy citando a quien fue partícipe del movimiento independentista de Guayaquil, quien dejó un documento angular, como testigo de los hechos, titulado: Reseña de los acontecimientos políticos y militares de la Provincia de Guayaquil (documento ubicado en la biblioteca de la ciudad de Ambato). Reconstruyo el testimonio para decir que se trata de quien llegó a ser pariente del “jefe insurgente (que) fue hecho prisionero y fusilado: era el valiente coronel D Francisco Calderón, de la Habana… quien fue fusilado después de una batalla en Caranqui y “Dejó en Guayaquil su hermosa viuda, que después fue mi hermana política, y cinco hijos: el mayor Abdón Calderón cayó a la edad de 18 años, como cae un valiente, en la batalla de Pichincha”. Se trata de don José de Villamil.

El relato explica que se estaba buscando a quien o quienes debían encabezar la revuelta contra la monarquía. Villamil fue encargado de buscar estos contactos y lo relata como actor testigo. Fue primero a buscar al coronel Bejarano, “pero el coronel Bejarano de 1820 no era ya el coronel Bejarano de años anteriores: de edad avanzada, enfermizo y muy pletórico, había perdido, no su valor que poco después descendió con él al sepulcro,… en fuerza de esta última poderosa razón, desistí.”

“Ese mismo día por la noche di cuenta a  la junta. Se propuso al teniente coronel D José Carbo, en nada inferior al coronel Bejarano. Yo me opuse… no quise que se le expusiera a los primeros golpes de la revolución,… mis razones fueron apreciadas por toda la junta. Ella me comisionó para hacer la misma petición al Dr. D José Joaquín Olmedo.

Este distinguido patriota que había representado la provincia de Guayaquil en España, era un eminente jurisconsulto; un delicioso poeta, un hombre de vasta instrucción, pero estas sobresalientes dotes no bastan por sí solas a constituir un audaz jefe de revolución. Estaba el Dr. Olmedo tan penetrado de ello, que me dijo resueltamente. “Cuenten ustedes conmigo para todo menos para jefe de la revolución: ésta  parte debe ser necesariamente desempeñada por un jefe militar y de mucho arrojo”. Di cuenta a la junta al siguiente día martes 3 de octubre; y fui comisionado para hacer la misma petición al teniente coronel D Rafael Jimena, del cuerpo de artillería, pero no en actividad.

Este valiente e importante jefe se escusó también alegando que habiendo pasado su primera juventud en España; que habiendo recibido su educación profesional en uno de sus colegios y que habiendo hecho su carrera al servicio de su heroica nación … no podía, aunque muy partidario de la revolución, ponerse a la cabeza de ella, sin incurrir en la nota de ingratitud respecto a España. Al despedirme me dijo: “mucho siento, amigo mío, no poder acompañar a ustedes en tan gloriosa empresa; me consuela, empero, la certeza de que no haré falta.” Di cuenta a la junta el miércoles 4. En este estado y sin tener yo a quién ocurrir, se resolvió hacer la revolución invocando la sola palabra Patria.

Entre los oficiales que con lucimiento figuraban en “Granaderos”, se hacía notar el teniente D.N. Álvarez, cacique del Cuzco. Ese cuerpo se componía de esforzados cuzqueños que apenas hablaban el español: la junta encargó al cacique preparar a los sargentos a la revolución. A la voz de su cacique todos los sargentos se comprometieron, y en la semana todo quedó preparado.” (O)

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