Cuando la violencia entra al aula

Ecuador suele medir el costo de la violencia en vidas perdidas, negocios afectados, extorsiones o recursos destinados a seguridad. Todas son consecuencias reales y dolorosas. Pero existe un costo menos visible, que tarda más en aparecer y puede comprometer el futuro del país: la pérdida de capital humano.
Cuando una comunidad se vuelve violenta, la escuela deja de ser un espacio completamente protegido. El estudiante que escucha disparos, presencia hechos violentos o vive bajo la amenaza constante del crimen no llega al aula en las mismas condiciones que otro estudiante que crece en un entorno seguro. El miedo también educa, pero educa mal.
Hace poco, terminé una investigación sobre el efecto de la violencia en el rendimiento académico de los estudiantes ecuatorianos, utilizando información correspondiente al período 2014-2024. Los resultados fueron concluyentes. Encontré evidencia de una relación causal negativa entre la violencia y el desempeño educativo. ¿Cuál fue el problema fundamental en que se concentró la investigación? Los territorios violentos también suelen presentar mayores niveles de pobreza y otras condiciones que afectan el aprendizaje.
Recapitulemos los resultados. Un incremento marginal de la violencia puede traducirse en una reducción importante del rendimiento académico. Una de las estimaciones obtenidas señala una penalización cercana a 12,6 puntos en el desempeño escolar ante un choque de violencia.
Pero detrás de ese número hay una historia humana. La violencia afecta la concentración, el sueño y el bienestar emocional de niños y adolescentes. También modifica las decisiones de las familias: cuando salir de casa implica un riesgo, asistir regularmente a clases deja de ser una decisión sencilla.
Lo más preocupante es que este costo no se distribuye por igual. La evidencia muestra efectos particularmente severos en instituciones públicas y rurales, precisamente donde existen menos recursos para compensar un shock de esta naturaleza.
Esto obliga a cambiar nuestra manera de entender la política de seguridad. Recuperar una escuela tomada por la violencia no consiste únicamente en colocar policías en sus alrededores. Significa reconstruir las condiciones para aprender: garantizar asistencia, proteger a docentes y estudiantes, ofrecer apoyo psicosocial y evitar que el miedo determine dónde y cuándo puede estudiar un niño.
La seguridad, entonces, también es política educativa. Y la educación, a su vez, es política de seguridad.
Si permitimos que la violencia deteriore silenciosamente el aprendizaje de una generación, estaremos pagando la factura durante décadas. Porque una bala puede destruir una vida en segundos; la pérdida de capital humano puede tardar una generación entera en hacerse visible. (O)
