Cuando el Ego manda (parte II)

Columnistas, Opinión

Manuela Sáenz, Salvador Dalí, Manuela Espejo, Juan Montalvo, Lisa Simpson, Matt Groening, Eliécer Cárdenas, Albert Einstein, Hermelinda Urvina, Nelson Mandela, Olympe de Gouges, Gabriela Mistral, Vandana Shiva… Cientos de miles de personas emblemáticas han trascendido su época para cumplir un propósito. Algunas son reales y otras ficticias; sin embargo, todas, de alguna manera, han logrado inspirarnos.

En mi anterior editorial hablé de algo que nos incumbe a todos: el ego. Agradezco profundamente a mis queridos lectores que me han pedido continuar esta reflexión y, especialmente, a mi buen amigo Alexis Ponce, con quien he compartido ideas que me han permitido mirar este tema desde una perspectiva más amplia. Porque el ego no solamente habita en nuestra individualidad; también puede instalarse en las familias, las instituciones, las empresas, las naciones y, por supuesto, en la política.

Para comprenderlo, quisiera detenerme en tres preguntas: ¿cuánto de lo que somos nace de nuestro propio ser y cuánto responde a lo que otros esperan de nosotros?, ¿qué sucede cuando la sociedad intenta convertir nuestra esencia en aquello que le resulta conveniente y para nosotros obediente? Y, finalmente, ¿qué elige la mayoría cuando debe decidir entre cuestionar lo establecido o acomodarse a ello?

Para aproximarnos a estas inquietudes, pensemos primero en la diferencia entre el ego y ese «yo soy» tan poderoso, que nos permite reconocer nuestro propósito sin necesitar aplausos externos. Recordemos a Gro Harlem Brundtland, quien impulsó una visión del desarrollo sostenible que contribuyó a transformar la agenda internacional en posibilidades más conscientes y consecuentes con el trato que tenemos hacia el Planeta Tierra. Pensemos también en Georgina Hurtado, quien, junto a Blanca Martínez, abrieron caminos para la educación de las mujeres en Ambato, en una época en la que estudiar no era una posibilidad garantizada para todas. Y en Vandana Shiva, cuya lucha ambientalista y defensa de las semillas comunitarias que lograron cuestionar los modelos que convierten a la naturaleza y a la vida en mercancías, ésta última incluso luchó en contra de una multinacional asesina como Monsanto (actual Bayer).

Tres mujeres, tres contextos distintos y una pregunta común: ¿qué ocurre cuando alguien reconoce aquello que considera necesario hacer y decide sostenerlo, incluso cuando el reconocimiento social no llega? Quizá allí exista una diferencia entre vivir para alimentar la imagen que tenemos de nosotros mismos y actuar desde una convicción que nos trasciende.

Pero ¿qué sucede cuando el entorno no acepta esa diferencia? David Cooper cuestionó las formas en que la familia y las instituciones pueden participar en la construcción de aquello que consideramos normal, llegando a reprimir a quienes se apartan de sus moldes. Entonces, la pregunta deja de ser únicamente quién soy y se convierte en otra mucho más incómoda: ¿quién me enseñó a ser quien creo que soy?

Erich Fromm nos invita a mirar la sociedad que moldea nuestro carácter; Freud, los conflictos interiores que el yo intenta administrar; y Cooper, las estructuras que intervienen en la construcción de nuestra identidad. Juntas, estas miradas nos conducen a una pregunta que trasciende el consultorio y llega a la calle, la cultura, la economía y el poder: ¿quién se beneficia de que yo sea de determinada manera?

Porque un ego puede deteriorar una relación, pero, cuando se encuentra con el poder, sus consecuencias pueden alcanzar a millones. Un liderazgo incapaz de reconocer sus propias heridas puede confundir la autoridad con la obediencia, la crítica con una amenaza y el servicio público con la satisfacción de sus propias necesidades. Así, el ego puede destruir vínculos, debilitar instituciones, fracturar democracias e incluso alimentar guerras.

Tal vez el problema nunca fue tener ego, sino permitir que gobierne nuestra conciencia y termine gobernando también la vida de los demás y la nuestra. No todo lo que defendemos es convicción, ni toda seguridad es fortaleza; a veces, detrás de nuestras certezas se esconde el miedo a dejar de ser quienes aprendimos que debíamos ser.

Estas reflexiones merecen mucho más espacio del que permite una editorial. Por eso, les prometo una tercera parte, en la que abordaremos la elección de las mayorías frente a los egos individuales y colectivos.

Mientras tanto, quisiera dejarles una última pregunta: ¿quiénes seríamos si dejáramos de necesitar que el mundo confirmara lo que creemos ser? Quizá entonces descubriríamos que la verdadera grandeza no consiste en imponer nuestra identidad, sino en tener la humildad suficiente para cuestionarla. Porque cuando el ego manda, dejamos de escucharnos; y cuando además tiene poder, corremos el riesgo de dejar de escuchar a todos los demás.

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