Cuando el Ego manda

(Parte III)
En Ambato, mi ciudad, donde nací, esta ciudad que a veces parece pequeña, pero que ya tiene casi 500 mil habitantes; esta ciudad de cultura, flores, frutas y miles de emprendedores, ¿les gusta hablar del ego? Cuando alguien surge, ¿los demás sienten alegría? Cuando uno de nosotros tiene éxito, desarrolla un gran proyecto o es reconocido a nivel internacional, ¿no nos da gusto porque lo conocemos o, simplemente, porque es de nuestra propia ciudad?
Hablo de Ambato porque la tomaré como referencia para el sencillo análisis que me permitiré hacer en esta tercera y última editorial sobre este delicado tema: Cuando el ego manda.
La última vez hablamos de aquello que podemos llegar a ser cuando nos permitimos conectar con nuestra verdadera esencia, con lo que sentimos en lo más profundo de nuestro corazón; o de aquello en lo que podemos convertirnos por esa «influencia externa» que proviene de la sociedad que nos rodea. ¿Verdad? Es la clásica lucha entre la autenticidad y la adaptación social, esta última que muchas veces nos lleva a responder, consciente o inconscientemente, a las afamadas expectativas, los mandatos, las órdenes familiares y los moldeamientos de nuestra sociedad.
Es entonces cuando podemos preguntarnos una vez más: ¿qué responde a mi ego? ¿Es importante el ego para mí? Cuando escucho al ego —usualmente desde la emoción—, ¿estoy escuchando a mi verdadero yo?
Si profundizamos en nuestro pasado, seguramente encontraremos cientos de heridas y muchas personas vinculadas a ellas. Personas con las que construimos relaciones que, de una u otra manera, aceptamos, quizá con el propósito de que esas experiencias movieran las agujas del reloj y nos dejaran un aprendizaje. Una lección que, una vez interiorizada, nos permitiera no repetir la historia, aunque a veces hayamos tenido que aprenderla a la fuerza.
Entonces surge la gran pregunta: ¿el ego defiende nuestras heridas hasta que sanan por completo? ¿Y a quién le compete sanarlas: a nosotros mismos o también a la sociedad que nos rodea, que quizá fue la causante de esas heridas?
Tomando nuevamente a Ambato como referencia —aunque quizá suceda lo mismo en cada pueblo, parroquia, barrio, ciudad o comunidad del mundo; no lo sé—, muchas veces se observa cómo personas con profundos conflictos entre sí deciden pactar una tregua temporal para unirse contra alguien que brilla de manera diferente o propone algo superior. Cuando el ego manda, el éxito o la luz ajena pueden percibirse como una amenaza directa, activando en algunas personas mecanismos de defensa que llegan a ser muy destructivos.
Es entonces cuando podemos comprender lo que llamaría «la alianza por el resentimiento». Insisto: cuando el ego predomina, incluso puede convertirse en un fenómeno colectivo, una especie de ego compartido que une a varias personas en torno a un propósito específico.
Aquí volveré a citar a mi buen amigo Carl Jung, quien planteaba que aquello que nos irrita de los demás puede conducirnos a una mejor comprensión de nosotros mismos. ¿Tal vez la brillantez de una persona o de un proyecto actúa como un espejo que recuerda a quienes sienten resentimiento sus propias frustraciones o vacíos? Quizá, al no tolerar su desconexión con su propia esencia, algunas personas proyectan su malestar en forma de hostilidad.
Nietzsche, por ejemplo, desarrolló el concepto de ressentiment para describir una forma de resentimiento que puede transformar la impotencia y la frustración en una desvalorización de aquello que no se puede alcanzar. Desde esta perspectiva, cabe preguntarse si algunas personas, en lugar de construir algo propio, terminan uniéndose para atacar, desacreditar o frenar a quien lidera un proceso exitoso.
En lo personal, puedo disfrutar de la lectura de Alberto Acosta, Isabel Allende o Tahereh Mafi. Sin embargo, la mirada más profunda siempre es individual: cuando crees en ti mismo y aprendes a escuchar tu corazón, eso puede ser suficiente. ¿Verdad? (O)
