Cringe

Columnistas, Opinión

Cringe es un anglicismo que ha venido popularizándose en nuestro medio y cuya traducción literal es “avergonzarse”, la traducción coloquial latina, sería, en cambio: “trágame tierra”. Se usa en contextos en donde alguien hace el ridículo y el resto aprovecha para criticarlo, juzgarlo y avergonzarlo.

A quién no le ha pasado, por ejemplo, que a la distancia saluda efusivamente a alguien y al acercársele no fue la persona que pensó; una mala maniobra conduciendo su vehículo casi provoca un accidente y el vehículo afectado se para junto a usted en el siguiente semáforo; cantar con su inefable voz de tarro en el karaoke; un ataque de risa en medio de un velorio o de un discurso serio; etc.

Con estos ejemplos, “vergüenza ajena” es, tal vez, la definición que mejor calza al hablar de cringe, porque a decir de un par de miembros del grupo de WhatsApp al que envié un meme, eso fue lo que causé cuando en respuesta me pusieron: “¡qué cringe!”, “ya te salió el cringe”. El chiste era: “No pienses en DO ni en RE, piensa en MI por FA” con un adorable capibara de fondo.

No sé qué piense usted, pero cuando lo leí no solo me causó gracia sino ternura, o sea, creí que había enviado algo digno de mi buen humor y buen talante, y al parecer, no fue del agrado de todos.

Y esta es justamente la parte en la que quiero enfocarme porque uno sabe muy bien cuando ha metido la pata, ha hecho el ridículo o se ha pasado de la raya y es en esos casos en donde cabe sentirse un cringe. Sin embargo, hay ocasiones en las que a los causantes de alguna incuestionable vergüenza ajena (cringes de grueso calibre) no les incomoda en lo más mínimo lo que de ellos se piense.

Me refiero a la folklórica política ecuatoriana y específicamente al partido político de la RC5 en donde no hay un solo militante de esa tienda política, uno solo de los miles que tienen, que se salve de ser, ese sí, un verdadero, auténtico y genuino cringe (en este caso, un personaje que comete y/o encubre actos tremendamente vergonzosos -como delitos, corrupción y abusos, por ejemplo-) y que sin embargo, “les vale” no porque crean ser inocentes, sino por lo contrario: porque todos ellos saben perfectamente que son parte de un grupo delictivo que dice hacer política y por tanto, les gusta el dinero fácil, por un lado, y por otro, saben muy bien que de la mayoría de fechorías salen impunes. Por eso, decirles cringes ni les afecta ni les importa.

En definitiva, ser un cringe no está mal, de hecho, todos deberíamos atrevernos a intentar “el buen ridículo” (si cabe la expresión) solo para probarnos y sabernos humanos. Pero de ahí a pasar a ser un cringe sinvergüenza y cara dura, tampoco.

mariofernandobarona@gmail.com

Deja una respuesta