Como me da la gana

Columnistas, Opinión

Una señorita estaciona su vehículo en la avenida Cevallos, junto al parque del mismo nombre; no le interesan los pitos y sigue muy fresca comprando en el kiosco. Se toma todo el tiempo del mundo en regresar al auto, le gritan y, en respuesta, muestra una seña obscena con la mano. El título, en sentido literal, se refiere a «como yo quiera». Ya no es ninguna novedad que cualquier hijo de vecino puede hacer lo que a bien tenga en esta ciudad. 

Un caos humano, vial y comercial se vive a lo largo de la avenida Cevallos todos los días. Las personas y los comerciantes transitan sin cuidado y prácticamente convierten en peatonales las vías. Las calles y aceras se usan para el estacionamiento de vehículos; la basura, el olor a licor y orinas invaden el ambiente. Cada quien hace lo que quiere porque no hay quien controle, haga su trabajo o se conduela de la situación. En varias calles, limpiaparabrisas, vendedores de fundas para basura junto con los «vigilantes seguros» exigen pagos bajo términos de “colaboración”. 

Salir por la vía al oriente es una odisea completa por los trancones del tránsito. Desde el SECAP, encontramos una gran cantidad de vehículos estacionados; camiones y camionetas con ventas informales dificultan la fluidez. Esto se agudiza en el redondel de Terremoto, donde está la imagen del descontrol, del abuso y de la ignorancia: vehículos estacionados en doble fila, peatones arriesgados que cruzan peligrosamente las dos vías y pitos a más no poder, un caos que se extiende hasta entrar a Huachi Totoras. Una clara muestra de que los conductores no están bien formados ni capacitados para conducir es que se estacionan en doble fila, sobre los pasos peatonales y en lugares no autorizados, lo que está tipificado en el Código Orgánico Integral Penal (COIP), en el artículo 391, como contravención de sexta clase.

Desde Huachi Chico hasta la entrada a El Belén, hay talleres de pintura automotriz de buses que ocupan todo un carril; el servicio se presta en plena vía. Nadie está en contra del trabajo honrado y lícito, pero deben hacerlo dentro de sus instalaciones y sin ocupar la vía pública. Una situación similar ocurre en la salida hacia Quito: un desorden total desde el exredondel de las focas hasta la institución militar. Los fines de semana son fatales por las visitas a los aspirantes a soldados.

Estacionarse sobre la vereda es una mala costumbre. Así se ve a diario en la avenida de Los Incas y en la calle Paccha, que son estrechas y muy transitadas; dueños de casa, tiendas, mecánicas, miembros de una iglesia evangélica y una marisquería, al salir a Los Shyris, se estacionan como más les conviene. Para colmo, un camión se estaciona los domingos en la intersección de la calle Pichincha con la Rumiñahui para vender, como en un pueblo, productos de la Costa. El desorden, la suciedad y la inseguridad en Ambato y sus alrededores son problemas que generan muchas quejas y evidencian la falta de orden y civismo. (O)

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