Cambio climático

Columnistas, Opinión

Durante esta semana, muchos ecuatorianos hemos observado con preocupación los mapas meteorológicos que muestran grandes concentraciones de nubes de tormenta y actividad eléctrica sobre regiones que ya han sufrido importantes inundaciones y pérdidas económicas. Los organismos especializados advierten que el fenómeno de El Niño podría aumentar su intensidad hasta finales de año y, con ello, agravar los problemas que ya está ocasionando.

Hace más de veinte años, los científicos nos advirtieron que estábamos cambiando el clima del planeta. Anticiparon eventos climáticos cada vez más extremos, como temperaturas crecientes, sequías prolongadas, inundaciones y dificultades para producir alimentos. Sin embargo, aquellas advertencias fueron relegadas frente a los intereses económicos inmediatos. Hoy comenzamos a vivir las consecuencias de decisiones tomadas durante décadas.

La Organización Meteorológica Mundial confirmó que los últimos once años, entre 2015 y 2025, fueron los más cálidos registrados. Solamente en 2025, la temperatura del planeta superó en 1,43 °C los registros históricos. Aunque parezca una diferencia pequeña, representa una alteración importante del equilibrio climático mundial.

El causante es nuestro modelo económico, que ha dependido de la explotación intensiva de recursos naturales, la deforestación y el consumo de combustibles fósiles. Los esfuerzos por cambiar este modelo y detener el cambio climático, según los expertos, han resultado insuficientes.

Según Naciones Unidas, de seguir esta tendencia, el planeta podría calentarse aproximadamente 2,8 °C en las siguientes décadas.

Esto llevará a una economía mundial donde producir alimentos resulte más costoso, escasee el agua, aumenten los daños a la infraestructura y los gobiernos destinen mayores presupuestos a reconstruir lo destruido por los embates del clima. Las empresas enfrentarían interrupciones productivas, los alimentos podrían encarecerse y las economías crecerían bajo mayores riesgos e incertidumbre.

En Ecuador, estas consecuencias ya representan amenazas concretas para la agricultura, la generación hidroeléctrica y el transporte. Además, los efectos de estos cambios no se distribuyen por igual: las familias pobres, los agricultores y los pequeños negocios tienen menos recursos para recuperarse de los desastres.

Para entender el efecto que puede tener un evento climático en las economías, basta recordar cómo el fenómeno de El Niño de 1997-1998 destruyó cultivos e infraestructura, provocó el impago de numerosos créditos agrícolas y contribuyó a desencadenar la crisis financiera de 1999.

La contradicción es evidente: buscamos crecimiento económico mientras deterioramos los recursos naturales que lo hacen posible. La ciencia nos advirtió, pero nuestras respuestas no estuvieron a la altura. Si continuamos postergando los cambios necesarios, heredaremos una economía más vulnerable, desigual y costosa de sostener. El cambio climático demuestra que destruir la naturaleza también significa comprometer nuestro propio bienestar.

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