Ausencia de dignidad / Editorial

Editorial, Opinión

En las relaciones sociales, de orden personal, existen ciertas normas tácitas, que no constan ni en reglamentos ni en códigos escritos, pero sí establecidos en las costumbres y en las tradiciones de los pueblos y de los individuos. Cuando una persona no es bien vista en el seno de la sociedad que le expresa rechazo directo o disimulado, lo correcto es que se retire como demostración de dignidad y autoestima.

En el caso de servidores públicos de niveles altos en la función pública, la situación que queda anotada cobra mayor trascendencia, si recibe rechazo de amplios sectores populares, porque no ha demostrado equilibrio e independencia en el ejercicio de las funciones encomendadas y se ha creado ambiente de desconfianza.

Más aun, cuando el origen de su designación ha sido producto de procedimientos incorrectos, por favoritismos políticos ordenados desde las alturas del poder para que sean sumidos a sus órdenes; cuando han existido concursos mañosos en los que no se calificó la capacidad, los méritos y la honestidad, sino el grado de dependencia y servilismo.

Estos funcionarios rechazados por la sociedad y sin el respaldo del gobernante ausente, lo menos que deben es renunciar con dignidad y no aferrarse al cargo para no ser sometidos a la vergüenza de un juicio y su destitución. Peor aun, amenazar con apelaciones a organismos internacionales, como si éstos fueran ciegos y sin personalidad propia. (O)

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