Así como pensamos, somos VI

Columnistas, Opinión

Toda la vida hemos funcionado exactamente como funciona un cerebro humano cuando nadie le ha enseñado a gobernarse, una asombrosa máquina que nos fue dada, pero sin un folleto de instrucciones. ¿Qué estamos haciendo ahora mismo? ¿Qué estamos pensando? ¿Cómo nos sentimos? Investigadores han comprobado que casi la mitad del tiempo, un 48%, la mente de las personas está en otro lugar distinto a lo que hace. Comiendo, pero pensando en los conflictos del trabajo, conduciendo, pero estructurando una discusión pendiente con alguien, hablando con sus hijos, pero repasando una preocupación por enésima vez. Y una mente errante es una mente infeliz. No importa si la actividad es agradable o aburrida. Una mente que divaga, en general, es una mente que sufre más. 

Gracias a la activación de un grupo de regiones cerebrales llamadas red neuronal por defecto recordamos el pasado, imaginamos el futuro, pensamos en nosotros mismos y en lo que los demás piensan de nosotros. No es mala. Gracias a ella podemos planificar, crear, aprender de nuestros errores, ponernos en el lugar de otro. El problema aparece cuando esa red se queda atascada en bucle infinito. Cuando en lugar de imaginar el futuro solo imaginamos catástrofes. Cuando en lugar de aprender del pasado solo lo repetimos una y otra vez, como un disco rayado. Sumémosle a eso que nuestro cerebro viene “de fábrica” con una inclinación hacia lo negativo, pues desde hace cientos de miles de años, nuestro cerebro prefiere equivocarse cien veces pensando que hay un peligro antes que equivocarse una sola vez ignorándolo y ser devorado. Por eso, un comentario negativo pesa más que 10 elogios, en la madrugada nuestra mente no nos recuerda nuestros logros, sino nuestras deudas, nuestros fallos y las cosas que salieron mal hace años. No es que nuestra vida sea un desastre, es que nuestra alarma interna está programada para sonar fuerte y con frecuencia. Entender esto ya cambia bastante, porque, a partir de ahora, cuando aparezca esa avalancha de pensamientos, podemos decirnos, «Esto no es la verdad sobre mi vida, es mi cerebro haciendo su trabajo de vigilante”. 

Si queremos dejar de moler vidrios en nuestra cabeza debemos dejar de cometer un error común y que es luchar contra esos pensamientos. Nos decimos: “Deja de pensar en eso” y cuanto más lo decimos, más fuerte se vuelve. Es como hundir una pelota en el agua, por la tensión saldrá disparada hacia arriba con más fuerza que antes.  El silencio mental no se conquista a golpes. No se gana una guerra contra nuestra propia cabeza, porque en esa guerra somos los dos ejércitos. Necesitamos un completo cambio de perspectiva. Tratamos de eliminar por completo la incertidumbre para sentirnos tranquilos. buscamos control absoluto sobre cada variable de nuestra vida y como eso es imposible, vivimos en un estado permanente de tensión. No se trata de eliminar la incertidumbre, se trata de aumentar nuestra tolerancia hacia ella. La incertidumbre siempre va a existir. Nunca vamos a tener garantías absolutas sobre el resultado de nuestras decisiones, sobre lo que piensan los demás o sobre lo que va a pasar mañana. La paz mental no llega cuando controlamos todas las variables, llega cuando aceptamos que podemos actuar con sabiduría, incluso sin tener todas las respuestas. Esa aceptación, es el verdadero punto de quiebre entre una mente atrapada y una mente libre. 

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