Arte como resistencia cultural en Salasaca

Interculturalidad

El pueblo Salasaca mantiene viva su herencia a través de la visión de Franklin Caballero, conocido en su comunidad como Wirakama. Para este gestor cultural, el arte ancestral no es simplemente una manifestación estética, sino una herramienta de resistencia y un vehículo fundamental para la transmisión de saberes. Su testimonio revela una vida dedicada a evitar que la identidad de su pueblo se desvanezca ante el avance de la modernización.

Desde su nacimiento, Caballero estuvo inmerso en un entorno donde la música tradicional, la terapia sonora y el arte textil eran el lenguaje cotidiano. Esta herencia, recibida directamente de sus padres y abuelos, forjó una conexión espiritual con las raíces Salasaca. Esta cosmovisión integral, que abarca desde la arquitectura hasta las celebraciones sagradas, es la que hoy intenta salvaguardar para las futuras generaciones.

La preocupación por la creciente desconexión de los jóvenes con sus raíces impulsó a Caballero a fundar el Museo Salasaca. Ante el riesgo de una pérdida cultural irreversible, decidió crear un espacio físico que documentara la historia y espiritualidad de su pueblo. El museo nació como una respuesta autónoma a la falta de interés institucional y al desinterés de las autoridades por las expresiones indígenas.

La construcción de este repositorio cultural fue un desafío personal financiado con recursos propios, obtenidos tras años de viajes internacionales y emprendimientos locales. Esta autogestión pone en evidencia la carencia de apoyo estatal para proyectos que preservan el patrimonio. A pesar de estos obstáculos, el museo se ha consolidado como un centro educativo donde universitarios y visitantes aprenden sobre salud tradicional y música ancestral.

Debido a las dificultades económicas y la falta de respaldo en su territorio original, el museo tuvo que ser trasladado a la ciudad de Ambato. Caballero señala que los gestores culturales indígenas a menudo deben sostener estos espacios de manera solitaria. Sin embargo, el valor simbólico de las piezas expuestas, como el poncho del alcalde o los collares femeninos, trasciende lo material para representar liderazgo y estatus familiar.

Cada objeto en el museo posee un significado sagrado. Las vestimentas no son decorativas; son portadoras de una ideología y una lengua única que diferencia al pueblo Salasaca de otros grupos étnicos. Para el fundador, es urgente recuperar estos valores para evitar la tergiversación de su cultura, un fenómeno que se ha acentuado por la falta de políticas de protección patrimonial efectivas.

La labor de Wirakama demuestra que la preservación de la memoria no es una tarea estática, sino un esfuerzo constante de reafirmación identitaria. El Museo Salasaca invita a la reflexión sobre el respeto a la herencia indígena, posicionándose como un baluarte de educación. La experiencia de Franklin Caballero subraya que, sin identidad y compromiso, el futuro de las tradiciones milenarias corre un serio peligro de extinción.

El arte Salasaca se proyecta así como un puente entre el pasado y el futuro. A través de la música y el tejido, el pueblo sigue reclamando su lugar en la historia contemporánea del Ecuador. La invitación final de Caballero es clara: las nuevas generaciones deben valorar y continuar con este legado, reconociendo que en sus raíces reside la fuerza necesaria para enfrentar los desafíos de un mundo globalizado. (I)

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