Apuesta segura / Jaime Guevara Sánchez

Columnistas

 

 Hay personas que no les gusta apostar porque saben que las posibilidades -suerte- no son favorables. La ventaja está siempre a favor de la ‘casa’. Eso no significa que algunos apostadores no estén de suerte, a veces. Ciertos marchantes derrotan a la probabilidad. Y existen circunstancias en las que es prudente todavía cuando la ventaja luzca inclinada a la casa.

No me refiero a apostar en los casinos. Me refiero al negocio de seguros. Cuando usted compra un seguro de vida, por ejemplo, está apostando a que usted morirá. Esa es una apuesta segura. Menciono, de paso, que usted lo hará; la única pregunta es cuándo. Pero, mientras viva tiene que seguir pagando el seguro.

La forma de vencer a la casa –la compañía de seguros-, en este caso, es morir más pronto de lo que ellos han calculado que usted lo haría. Muriendo pronto, usted gana. Viviendo hasta edad muy avanzada, usted pierde. De manera que perder es mejor que ganar cuando se trata de seguros de vida. El asunto suena medio ‘chueco’, ¿verdad?

Los vendedores de seguros son tipos muy sagaces saben cómo arrinconar a un hombre: Si el candidato rechaza comprar un seguro, está demostrando a la media naranja que no le importa su bienestar después que él se haya ido. La verdad es otra: el esposo no salta de regocijo con lo del seguro porque en su cabeza tiene clavada la idea de que otro fulano compartirá el loteriazo, sobre todo si la viuda queda medio joven y con sus encantos intactos.

Por su puesto que la esposa también tiene sus segundos pensamientos: ¿Me ama este fulano más de lo que se ama a sí mismo? El vendedor hunde la estocada final: “Yo estoy convencido que usted querrá que Fanny esté bien atendida después de su partida.”

La trampa está puesta. El hombre se da cuenta por primera vez en la vida, que no solamente prometió amarla hasta que la muerte los separe; también prometió mantenerla vestida de seda después de su desaparición definitiva.

En cierto modo, los seguros tienen algo de juego de dados. Es un juego en el cual usted cruza los dedos y toca madera para perder; porque si gana significa que la cosa nefasta contra la cual usted estaba asegurándose, ocurrió. Usted chocó con su carro, u otro carro le arrolló, o un incendio le convirtió en parrillada, o simplemente enfermó y estiró la pata. Es la única forma en que usted puede ‘cobrar’ el seguro. (O)

Si vive tan largo como Matusalén vivió… usted pierde.

¡Hagan juego, caballeros!

 

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