A renglón seguido / Guillermo Tapia Nicola

Columnistas, Opinión

Generalmente, en algunas personas, cuando se habla de las obligaciones, se produce automáticamente una suerte de ‘suspensión temporal de entendimiento’ que les motiva a declararse «ajenas al sistema de racionalidad» pues, su obsesión por el reclamo de los derechos -no admite- de ninguna forma, la coexistencia de una actitud de correspondencia o de contraprestación. 

Entonces, se rompe el círculo virtuoso y la convivencia se torna limitada, a tal punto que -inclinada la balanza- el cerebro solo admite una acción y se olvida de la reacción. Bien podríamos graficar señalando que, dejamos de hacer la segunda parte de las cosas. Es como si -estando reposados sobre un sillón- de pronto nos levantamos de esa posición y no volvemos a sentarnos nunca más, porque -al ponernos de pie- racionalmente nos olvidamos de cómo doblar las piernas para hacerlo. 

Esta, lamentable actitud de exigencias por exclusividad, se ha vuelto un mal pernicioso en la sociedad que solo reclama y no quiere contribuir y menos, realizar y peor cumplir con sus obligaciones como ciudadanos, como estudiantes, como personas, como niños, niñas y adolescentes, como servidores públicos, como empleados privados, como profesionales, como dirigentes o simplemente como dirigidos. 

Roto el encanto del cumplimiento de las obligaciones, la «ecuación» se queda corta, disminuida, insuficiente, vacía; y, la sociedad va asumiendo por si misma o por influencia consentida, una actitud de negación, cuya irrefutable realidad la limita y la subsume en un mundo irreal y fantasioso de demandas irreverentes y desmesuradas.

En la práctica, muchas organizaciones y entes exógenos creados y dedicados para «ayudar» meten la mano en esta sutil «acción-reacción» y son capaces de inducir a comportamientos -como los expresados- incluida un carga emotiva y hasta política porque «suponen» que solo ellos “los de mente progresista y reivindicativa” están llamados al acompañamiento social.

Falsos errores y falsas convicciones, lejos de abonar al desarrollo social, terminan por frustrarlo y someterlo. Los beneficiarios del «encanto cooperativo» terminan siendo solo ellos, los privilegiados de trabajar para esos entes de supuesta ayuda externa, regional o internacional. 

¡Actores lucrativos de sus propias visiones restringidas son!. Un grupo reducido de agentes, asesores y facilitadores que circulan en ese mundo irreverente del coctail y la mochila. Se suceden, se reemplazan, se motivan, hasta finalizar sus actividades bien remuneradas en cómodas locaciones jubilares. Los «asistidos» con sus encantos, seguirán siendo los «necesitados» de su asistencia.

¡Cosas de ese mundo que, se suceden a renglón seguido! En todas partes y, no obstante, continúan en su mismo afán sin detenerse ni inmutarse. Enraizando el tronco frondoso de un árbol, que, a ese ritmo, no enramará ni florecerá.  (O)

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