Así como pensamos, somos V

Columnistas, Opinión

A manera de corolario de lo que hemos aprendido juntos en semanas anteriores (cómo funciona nuestro cerebro y sus pensamientos) debemos aprender también cómo ganar esa guerra silenciosa en nuestra habitación, usualmente en la madrugada, donde nadie nos ve ni nos escucha, dónde no hay disparos, no hay sangre, pero hay una mente que no se detiene, que repite lo mismo mil veces, que revive el mismo error una y otra vez, que imagina catástrofes que todavía no existen. La neurociencia y la psicología nos abre un “manual del usuario” para saber por qué sobrepensar nos está destruyendo lentamente y qué podemos hacer para recuperar el control de nuestra propia cabeza.

Lo más importante es entender que sobrepensar no es pensar mucho, pensar mucho es una virtud de grandes estrategas, creadores, de los grandes líderes de la historia, y esa capacidad los llevó a la gloria. El problema no es la cantidad de pensamientos, el problema es la dirección. Sobrepensar es cuando nuestra mente da vueltas sin avanzar, cuando repetimos lo mismo una y otra vez sin llegar nunca a una conclusión útil. Gastamos energía, tiempo de vida y al final del día seguimos exactamente en el mismo lugar donde empezamos, pero más agotados y más ansiosos. Esa rumiación mental donde nuestra mente regresa una y otra vez a los mismos pensamientos negativos, generalmente relacionados con errores del pasado o miedos del futuro, sin que cambie la situación ni haya solución. No es debilidad de carácter, no es que seamos menos fuertes que otras personas, es un patrón neurológico y, como todo patrón, se puede reprogramar. Nuestro cerebro no sobrepensó porque quiere hacernos daño sino porque desde los albores de la humanidad creyó que anticipar el peligro nos mantenía a salvo. La amígdala cerebral, como un sistema de alarma, desde hace millones de años, su trabajo es detectar amenazas y prepararnos para reaccionar. El problema es que la amígdala no distingue entre un peligro real como un depredador frente a nosotros y un peligro imaginado, como las amenazas actuales, por eso podemos pasar horas dándole vueltas a un problema, como si nuestra vida dependiera de ello, cuando en realidad nuestra vida no está en peligro, a veces es solo nuestro ego, o nuestra necesidad de controlar todas las cosas.

Lo bueno es que tenemos la corteza prefrontal, otra estructura cerebral, que es la parte racional, que puede analizar, decidir y frenar esa alarma constante. El problema es que cuando estamos en modo de sobrepensamiento crónico, la amígdala toma el mando y la corteza prefrontal prácticamente se apaga, es el miedo, la culpa, la imaginación negativa la que está venciendo a la razón. La mente sobrepensadora no predice el futuro, solo produce sufrimiento anticipado que casi nunca coincide con la realidad que después ocurre. Mientras nuestra mente está atrapada sobrepensando nos está robando el presente. Existen estudios sobre lo que se llama fatiga de decisión, donde se demuestra que mientras más tiempo pasamos analizando una decisión sin actuar, menor es la calidad final de esa decisión. Al sobrepensar caemos en un error sistemático en el procesamiento de la información que percibimos de nuestro entorno, lo que nos lleva a interpretar la realidad de forma sesgada, exagerada o irracional. La buena noticia es que podemos entrenar a la razón. El cómo, concretamente, aprenderemos la próxima semana. (O)

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