Así como pensamos, somos II

La semana pasada aprendimos juntos que nos convertimos en lo que pensamos. Nuestro cerebro literalmente construye autopistas para los pensamientos que más tenemos. Aprendimos también que el fisiólogo Santiago Ramón y Cajal después de muchos estudios llegó a la conclusión de que el cerebro no es un órgano ya formado, fijo y terminado como se creía, sino un sistema vivo que se transforma según cómo lo usemos. Es la plasticidad cerebral y significa que no estamos condenado a ser quienes hemos sido hasta hoy. Pero esto es arma de doble filo ya que la plasticidad no distingue entre lo que nos conviene y lo que nos destruye. Nuestro cerebro no tiene un filtro moral. No decide fortalecer solo nuestros pensamientos buenos y debilitar los malos por voluntad propia. Fortalece lo que repetimos. Si repetimos miedo, construye una autopista del miedo, ansiedad, inseguridad y si repetimos disciplina, construye una autopista de enfoque, consistencia, seguridad y carácter férreo.
Si repetimos la idea de que somos alguien que abandona las cosas a la mitad, nuestro cerebro se vuelve extraordinariamente bueno en abandonar las cosas a la mitad. No porque seamos débiles por naturaleza, sino porque literalmente entrenamos a nuestro propio sistema nervioso para eso, como quien entrena sin saberlo a un perro al ladrarle a las visitas. Pasamos años quejándonos de que así somos nosotros, de que yo soy así, no puedo cambiar, como si fuéramos una figura de barro terminados en una fábrica, cuando en realidad somos más parecidos al mármol que alguien no ha dejado de esculpir ni un solo día. La diferencia es que una buena mayoría de nosotros dejamos que la vida manosee esa arcilla al azar con las manos de las circunstancias, de las noticias, de las opiniones ajenas, de los algoritmos de los teléfonos y luego nos sorprendemos del resultado. Es como que le entregáramos nuestros ahorros a un conocido que vimos en redes sociales que promete «duplicar nuestro dinero» sin entender en qué va a invertir. Cuando el negocio quiebra y perdemos el dinero, nos quejamos de mala suerte
Hay una estructura en nuestro cerebro que actúa como un filtro, un guardia de seguridad que decide qué información de todo el bombardeo sensorial que recibimos cada segundo merece nuestra atención consciente. Sin ese filtro nos volveríamos loco, literalmente, porque nuestro cerebro recibe millones de estímulos por segundo y solo puede procesar conscientemente una fracción muy pequeña. Ese sistema filtra basándose en lo que aprende de nuestros pensamientos repetidos y haciéndose en una pregunta muy simple: ¿Esto es relevante para lo que ya considero importante? Y así nos construye o nos destruye. Si repetimos constantemente que nadie confía en nosotros, ese filtro empieza a captar de entre miles de detalles del día únicamente los que confirman esa idea. Mientras tanto, ignora por completo las señales contrarias, los gestos de apoyo, las oportunidades que sí nos dieron, porque no encajan con el mapa que nuestra mente ya decidió que era verdadero y válido. Los científicos lo llaman profecía autocumplida, es decir que cada creencia que sostenemos sobre nosotros mismos el cerebro genera comportamientos automáticos, casi invisibles, que terminan produciendo exactamente esa creencia, nuestra mente organiza el escenario para que se cumpla. (O)
