El espejismo de los 78 millones

Tenemos una imagen equivocada del apocalipsis laboral. Imaginamos a un robot de metal entrando a la oficina para ocupar nuestro escritorio. Tal vez porque resulta más fácil temerle a una máquina que aceptar algo bastante más incómodo: el trabajo que hacemos puede cambiar mucho antes de que estemos preparados para cambiar con él.
Pero encontramos que los números parecen tranquilizadores. El Foro Económico Mundial calcula que hacia 2030 las grandes transformaciones tecnológicas, económicas y sociales podrían crear 170 millones de empleos y desplazar 92 millones. El saldo es positivo: 78 millones de puestos adicionales.
Uno lee eso y casi respira tranquilo.
Pero una estadística no tiene que pagar arriendo mientras aprende una nueva profesión.
Ahí es donde las cifras empiezan a verse distintas. Hoy un plomero puede estar menos expuesto a la inteligencia artificial generativa que un auxiliar contable. Durante años pensamos que la tecnología comenzaría reemplazando los trabajos físicos y repetitivos. Pero la IA aprendió primero a escribir, resumir, analizar documentos, organizar datos y preparar informes. Justamente las tareas que sostienen la rutina de una oficina.
Ese es el detalle que solemos perder cuando hablamos del futuro del trabajo. Un asistente administrativo en Ambato cuyo puesto empiece a desaparecer por la automatización no se convierte de la noche a la mañana en especialista en datos. Entre una ocupación y otra hay cursos, tiempo, dinero, responsabilidades familiares y el miedo muy humano de no saber si uno todavía tiene un lugar en el mercado laboral.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT), sostiene que, para muchas ocupaciones expuestas a la IA, será más probable una transformación que una desaparición completa. Eso cambia la perspectiva. Tal vez nuestro trabajo no desaparezca; quizá simplemente deje de parecerse al que aprendimos a hacer.
Y ahí aparece el asunto más incómodo. La competencia no será únicamente contra una máquina, sino también contra alguien de nuestra misma profesión que aprendió antes a utilizarla. No porque sea más inteligente, sino porque tuvo tiempo, acceso a un curso, una buena conexión o alguien que le enseñara.
En Ecuador esa oportunidad no está repartida por igual. Según la ENEMDU de mayo de 2026, el 52,8 % de las personas con empleo trabaja en el sector informal. Para muchos no hay un empleador que pague capacitación ni una jornada que deje tiempo para tomarla.
Por eso los 78 millones no deberían tranquilizarnos demasiado. Adaptarse no significa que todos debamos convertirnos en programadores, sino aprender a trabajar de otra manera. El verdadero desafío no será demostrar que la tecnología puede crear empleo, sino lograr que quienes vean transformado el suyo tengan una posibilidad real de llegar al siguiente.
Al principio imaginamos un robot sentado en nuestro escritorio. Quizá el escritorio siga ahí, con la misma silla y la misma lámpara, y quien se siente sea alguien que tuvo la oportunidad de prepararse antes. (O)
