El racismo no tiene cabida

El domingo anterior asistí al estadio de casa blanca, a mirar el partido Liga de Quito vs la U. Católica y el racismo vuelve a manchar el fútbol. Esta vez, el delantero Michael Estrada de Liga de Quito fue blanco de expresiones discriminatorias por parte de hinchas de la Católica con expresiones de grueso calibre, tras el polémico incidente ocurrido en los minutos finales, debido a que no fue exhibido con la tarjeta roja a pesar del cruce de empujones entre el árbitro y el jugador que era lo que reclamaban los hinchas de Católica. No se trata de un hecho aislado ni de un exabrupto producto de la pasión.
Se trata de un problema estructural que el fútbol arrastra desde hace décadas y que, pese a campañas y sanciones, persiste en estadios, cabinas de transmisión y redes sociales. Cada insulto que recibe no solo lo agrede a él; desnuda la incapacidad de la FEF, clubes, organismos locales y nacionales para erradicar conductas que deberían estar desterradas sin discusión. En Sudamérica, el problema tampoco resulta ajeno. Hace pocos días, un periodista peruano emitió comentarios racistas contra el futbolista ecuatoriano Erik Castillo, actual jugador de Alianza Lima. Incluso Enner Valencia no lo está pasando bien en Boca Juniors, Cuando la discriminación proviene de un comunicador e hinchas el hecho adquiere otra dimensión. La palabra en los medios no es un grito anónimo tampoco lo es desde la grada; es un mensaje con alcance masivo que legitima prejuicios y normaliza estereotipos. El fútbol es un escenario de integración social. En países como el nuestro, donde existe una alta población afrodescendiente y donde cientos de niños encuentran en la pelota una vía de desarrollo personal y profesional, el racismo golpea más allá de la cancha. Ataca la autoestima, limita oportunidades y reproduce desigualdades históricas. A puertas del cierre de la temporada 2026 en el país, el debate no puede reducirse a comunicados de ocasión. Los clubes, la Liga Pro, la FEF y los demás organizadores de torneos deben establecer protocolos claros y sanciones inmediatas ante cualquier manifestación discriminatoria. Los árbitros deben tener la facultad de detener partidos. Los periodistas deben asumir códigos éticos estrictos. Y los aficionados deben comprender que la rivalidad deportiva no justifica la deshumanización.
Condenar el racismo no es un gesto simbólico; es una obligación moral y social. El fútbol ecuatoriano, nutrido por el talento afrodescendiente que ha dado figuras históricas a la selección y a los clubes, no se puede permitir que el insulto racial se normalice. Si el deporte aspira a representar valores como respeto y juego limpio, debe empezar por limpiar sus propias tribunas y micrófonos. Cada incidente exige una respuesta firme. Porque cuando el racismo entra al estadio, pierde el fútbol y pierde la sociedad. (O)
