Nuevas elecciones seccionales se acercan

Columnistas, Opinión

Cuando aún mucha gente está algo confundida, sin saber bien quiénes son los candidatos para las próximas elecciones seccionales y, muchas veces, sin tener claro que también elegiremos a los representantes para el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS), organismo que no ha estado exento de controversias políticas, el próximo 29 de noviembre de 2026 los ecuatorianos acudiremos nuevamente a las urnas.

Hemos visto cómo, a través de los siglos, en lugar de mejorar e interiorizar el verdadero sentido de la política, muchas veces la hemos tergiversado, identificándola como un campo de conflicto, de orden mezclado con poder, de poca armonía y de permanente disputa por la posibilidad de mantener —dentro de lo posible— la convivencia humana.

Para algunos de los más representativos pensadores de la historia política, incluso desde la Revolución Francesa del siglo XVIII, la política también significó cuestionar los poderes establecidos. Mujeres fuertes e irreverentes como Olympe de Gouges nos enseñaron que hacer política podía significar luchar contra estructuras de poder cuando estas se traducían en beneficios para unos pocos.

Luego, en el siglo XIX, Friedrich Hegel encontró en el Estado la máxima expresión de la política, al considerarlo la realización suprema de la racionalidad y de la libertad humana, capaz de unificar los intereses individuales con el tan anhelado bien común.

Para John Stuart Mill, desde el pensamiento liberal, la política debía ser un mecanismo para garantizar la libertad individual y proteger al ciudadano de lo que denominó la “tiranía de la mayoría”, procurando limitar la intervención del Estado en la vida privada siempre que no se cause daño a terceros.

Carl Schmitt planteó una visión radicalmente distinta: sostuvo que aquello específicamente político se encontraba en la distinción entre amigo y enemigo. Desde su perspectiva, la política existe porque existe la posibilidad del conflicto y la necesidad de agruparse frente a un adversario percibido como una amenaza para el colectivo.

Sin embargo, en lo personal, me gusta quedarme con el análisis filosófico de Michel Foucault, para quien la política y el poder no residen únicamente en el Estado, sino que están diseminados por toda la sociedad. El poder, decía, funciona como una red de relaciones que atraviesa nuestras instituciones, nuestros discursos, nuestros cuerpos y nuestras formas de relacionarnos.

Y ahora, en el siglo XXI, ¿qué es para nosotros la política? ¿Cómo entendemos el ejercicio del poder? ¿Cómo asumimos ese poder cuando ocupamos espacios de decisión que pueden transformar la vida de miles de personas, o simplemente empeorarlas?

Se acercan las elecciones seccionales. Y más allá de los nombres, las listas, los colores y las campañas, quizá deberíamos hacernos una pregunta mucho más profunda e inteligente: ¿estamos eligiendo personas con capacidad, honestidad, independencia, sensibilidad y verdadero compromiso y amor con nuestras ciudades y comunidades?

Porque gobernar no debería significar simplemente ocupar un cargo. El poder público no debería convertirse en una recompensa, ni la política en una carrera por conquistar espacios de privilegio. Gobernar debería significar asumir la responsabilidad de administrar aquello que pertenece a todos: nuestros territorios, nuestros recursos, nuestras ciudades y, sobre todo, la esperanza de quienes todavía creemos que la política puede servir para transformar la vida de todas y todos sin distinciones, en libertad y progreso verdadero y ojalá permanente. (O)

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