Soberanía biológica IV

Seguimos deshilando los conocimientos neurocientíficos y biológicos del único vehículo que tenemos para la vida, nuestro cuerpo, pero que, por desconocimiento, le damos un maltrato imprudente como que no nos estimáramos. Es como que nos han mandado a la luna en la más perfecta e impresionante nave espacial imposible de imitar, pero sin aprender a manejarla, y, si se cruzase un meteorito no sabríamos qué hacer, aplastando botones desesperadamente hasta estrellarnos. Buscamos milagros en suplementos, en promesas fáciles y milagrosas, solo “reparándonos” cuando estamos muy mal, sin darnos cuenta de que nosotros somos los responsables de reescribir nuestra biología aprendiendo un poco de ciencia para, con estrategia y disciplina, vivir con claridad, con energía y con tranquilidad, sin esos sobresaltos propios de nuestra conciencia que nos acusa de que no realizamos ejercicio ni hacemos lo correcto en alimentación.
Empezamos ahora mismo con el motor que lo mueve todo, pero que no es una simple bomba. El corazón tiene su propio sistema nervioso intrínseco, lo que algunos científicos llaman el pequeño cerebro del corazón, compuesto por unas 40 mil neuronas que funcionan de manera independiente al cerebro. Nuestro corazón es en realidad un maestro conductor pues genera el campo electromagnético más potente de todo nuestro cuerpo para comunicarse con cada una de nuestras 70 billones de células. Utiliza los 100 mil Km de vasos sanguíneos de nuestra red. Es un campo electromagnético que se puede medir a varios metros de distancia y que cambia de frecuencia según lo que estemos pensando en un instante determinado. Cada vez que late no solo envía oxígeno, envía paquetes de información, hormonas y señales químicas que le dicen a nuestros órganos si el mundo exterior es seguro o si deben prepararse para la batalla. Pero, ¿qué sucede cuando este sistema falla? La mayoría de la gente piensa en el colesterol como el gran villano, pero la ciencia actual nos dice que el verdadero peligro es la inflamación invisible de las paredes arteriales (endotelio), algo que podemos empezar a revertir si entendemos cómo funciona. El endotelio es una fina capa que recubre nuestras arterias y es técnicamente el órgano endocrino más grande de tu cuerpo. Si cuidamos nuestro endotelio, seremos virtualmente inmunes al envejecimiento prematuro. Pero hay algo más y es la relación entre nuestro corazón y nuestro segundo cerebro, el intestino. Hay un nervio, el vago, que es como un cable de fibra óptica de alta velocidad, conectando nuestras emociones con nuestros latidos. Cuando sentimos ese vacío en el estómago, es nuestro sistema cardiovascular procesando una amenaza incluso antes de que nuestra mente lógica la identifique.
El corazón es además una glándula activa que sintetiza péptidos natriuréticos suprimiendo directamente el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal para atenuar la liberación de la hormona del estrés, el cortisol. Sintetiza oxitocina local para favorecer la reparación celular y reducir la reactividad de la amígdala cerebral ante estímulos de amenaza. Y sintetiza citosinas y miocinas que se comunican activamente con la microglía cerebral, regulando la inflamación y la neuroplasticidad de las neuronas relacionados con estados de depresión o incapacidad total o parcial para sentir placer, alegría o interés por actividades que antes resultaban gratificantes. (O)
