Por la senda del triunfo

Cuando la realidad camina y sonríe, difícilmente la palabra puede dudar o equivocarse. Hay momentos en que los hechos adquieren tal fuerza que no necesitan demasiadas explicaciones: hablan por sí mismos, se expresan en las calles, en las plazas y, sobre todo, en la actitud de una ciudadanía que decide participar, opinar y tomar posición.
Las marchas ciudadanas de apoyo y respaldo a las candidaturas no se hacen esperar. Fluyen altivas, mostrando su rostro y entonando sus cánticos. No tienen nada que esconder. Por el contrario, muestran con aplomo su postura y su apoyo, por encima de sesgos, banderías y diferencias circunstanciales. Ahora serán: azules, blancas, verdes, lilas, fucsias, rojas, amarillas o tornasoles. No importa el tono. Los colores cambian; lo que no debería cambiar son los principios que sostienen la convivencia democrática.
Una democracia saludable no se construye solamente el día de las elecciones, sino cada día, cuando el ciudadano puede expresar libremente sus preferencias, las organizaciones políticas compiten en igualdad de condiciones y quienes aspiran a gobernar comprenden que el poder no es un privilegio personal, sino una responsabilidad frente a la sociedad. Por eso, una marcha no debería ser solamente una demostración temporal de fuerza. Debería ser también una manifestación de convicciones. Detrás de cada bandera tendría que existir una propuesta; detrás de cada consigna, una razón; detrás de cada candidato, una trayectoria capaz de resistir el escrutinio público.
Es que la democracia no necesita únicamente multitudes: necesita ciudadanos conscientes, informados y libres. Semillas en eclosión, botones en floración que, macerados de vida, se masifican y desplazan su favoritismo por calles y plazas.
El sol acompaña los pasos y, en la distancia, las nubes aguardan su oportunidad para dejarse notar. La sed de esperanza se nutre de sí misma y se transforma en una verdad inamovible: los pueblos tienen derecho a esperar algo mejor.
Pero la esperanza, para no convertirse en simple ilusión, necesita honestidad.
Y la honestidad pública empieza por decir la verdad, incluso cuando duela. Porque significa reconocer errores, cumplir la palabra empeñada, explicar decisiones y no esconder detrás de discursos grandilocuentes aquello que debería estar expuesto a la mirada ciudadana.
La transparencia, en consecuencia, no puede ser un adorno del discurso electoral. Es una obligación ética. Quien solicita el voto debe estar dispuesto también a rendir cuentas. Los recursos públicos, decisiones administrativas, compromisos adquiridos y resultados de una gestión pertenecen al ámbito del interés colectivo.
Gobernar con transparencia encarna comprender que ninguna autoridad está por encima de la ciudadanía.
Cumplido el rito, el momento de la algarabía y la solemnidad se apacigua y se escurre en el ambiente. Las banderas se guardan, las calles recuperan su espacio y las consignas se vuelven susurros.
Llega la hora verdaderamente importante: la hora de cumplir.
Porque en realidad todos son uno: votantes y candidatos, vencedores y vencidos, oficialistas y opositores forman parte de una misma sociedad. El triunfo democrático no debería significar la derrota del otro, sino la posibilidad de avanzar juntos dentro de las reglas, instituciones y valores que nos unen.
Por eso, la senda del triunfo no puede medirse únicamente por votos obtenidos. El verdadero éxito será aquel que deje como herencia una democracia más sólida, una ciudadanía más participativa, entidades transparentes y una cultura pública en la que la honestidad no sea una excepción, sino una conducta cotidiana.
Los colores pasarán, las consignas cambiarán y las candidaturas quedarán en la memoria, junto a los valores con los que hayamos decidido caminar.
La actitud es irremplazable. Y la democracia, cuando se la ejerce con honestidad y transparencia, siempre encuentra su propia senda del triunfo.
