Soberanía biológica II

La semana anterior habíamos dado inicio a este viaje que no es solamente información árida sino una verdadera soberanía biológica para tomar decisiones, mandar, defender y gobernar nuestro propio cuerpo con su perfecto y maravilloso funcionamiento sin depender de manipuladores factores externos ni aceptar placeres impuestos de consumo tipo “órdenes” ni tradiciones ni costumbres destructivas y así pasar a ser de ser pasajeros pasivos autodestructores sin un mínimo de conocimientos y convertirnos en los ingenieros jefes de nuestra propia vida sana.
Hay que estar claros en que la buena salud no es accidente sino nuestra cadena de decisiones conscientes y consistentes, una manifestación de autodisciplina y respeto por nuestro único vehículo en esta vida y por eso debemos concentrarnos en lo que está bajo nuestro control, nuestras decisiones sobre alimentación bien informada y bien dirigida, el sueño reparador y de limpieza, el ejercicio innegociablemente diario y la gestión del estrés con asesoría profesional. No controlamos la genética, pero si a las circunstancias.
Si queremos aplicar la filosofía a nuestra salud deberemos considerarle al cuerpo como templo del carácter ya que éste es nuestro primer territorio de dominio y, si pretendemos estar bien deberemos maximizar nuestro potencial realizando elecciones premeditadas y disciplinadas tratándole a nuestro cuerpo cómo trataríamos a quien más amamos y cuidamos y no como un vertedero de curtiembre ingiriendo cosas que sabemos que nos hace daño.
En este preciso instante, mientras nuestros ojos recorren este escrito, en el interior de nuestro cuerpo hay un despliegue tecnológico que deja en ridículo a cualquier superordenador diseñado por el ser humano en estos días. Con las 86 mil millones de neuronas, cada segundo, nuestro cerebro procesa 11 millones de bits de información, aunque en nuestra consciencia cotidiana solo seamos capaces de gestionar 40. Y ¿Qué está pasando con los otros 10,999,960 bits de información? De eso vamos a hablar hoy. Ese es el espacio donde se decide si vamos a vivir una vida de vitalidad exuberante o si vamos a ser una víctima de una biología que no tenemos la voluntad de comprender.
Dentro del cerebro no hay jefes sino redes dinámicas activándose y desactivándose cada milisegundo, compitiendo, reforzándose, cooperando, cambiando, integrando información del exterior y del interior del cuerpo con un gran consumo del 20% de la energía total de nuestro organismo, aunque este cerebro solo represente apenas el 2% de nuestro peso corporal, es decir es un órgano extremadamente caro metabólicamente hablando. Es nuestro núcleo de mando, el lugar donde se gestiona el milagro o la tragedia, con una gran capacidad oculta para regenerarse. La neuroplasticidad no es un término de moda, es la prueba de que no estamos sentenciados por nuestra genética. Hace décadas nos mintieron que nacíamos con un número limitado de neuronas y que a partir de los 20 años todo era una cuesta abajo. Estudios recientes han demostrado que incluso a los 80 años el cerebro humano sigue produciendo nuevas neuronas en el hipocampo, el centro de la memoria y el aprendizaje. Lo que mata a nuestro cerebro no es el tiempo, es la falta de demanda y el exceso de confort. Se adapta. Si no le damos motivos para ser fuerte, elegirá ser eficiente. Y la eficiencia en términos biológicos significa atrofia. (O)
