Democracia con pirotecnia

Ecuador atraviesa una crisis social y política que trasciende lo institucional: es una crisis de integridad humana. Hemos normalizado la astucia tramposa, justificando la “viveza criolla” bajo el pretexto de que “así funciona el sistema”. Nos quejamos de una Constitución defectuosa y de instituciones endebles, pero olvidamos que las leyes son solo cascarones vacíos si quienes las ejecutan carecen de principios morales.
El problema no es únicamente la estructura del Estado; son las personas que la contaminan. Caemos en un fraude conceptual repetido donde legisladores abandonan sus curules a medio período por pura ambición electoral, y donde partidos y movimientos postulan a familias enteras como si se tratara de un negocio familiar, mientras nosotros, en las urnas, premiamos la coquetería de TikTok y el espectáculo por encima de la idoneidad y el carácter.
¿Cómo romper este ciclo desde la ciudadanía?
- Rechazando a los candidatos que basan su propuesta en tendencias de redes sociales o circo político. La política requiere madurez, no parodias.
- Fiscalizando la coherencia moral: evaluando la trayectoria y la ética del candidato antes que su idoneidad técnica. Un político capaz pero deshonesto solo usará su talento para delinquir con mayor eficiencia.
- Votando con visión de país, no de “gallada”: superando el compadrazgo y el sectarismo. El voto no debe ser un cheque en blanco ni una apuesta al más hábil para abusar del poder.
La transformación empieza en la conciencia moral. Las instituciones —como la Asamblea, los GAD cantonales y parroquiales o el CPCCS— no se limpian solas; se dignifican cuando las habitan hombres y mujeres de bien. Pretender un cambio en el país sin transformar nuestro comportamiento cotidiano es una ilusión. Si en la vida diaria aplaudimos la trampa, no podemos exigir honestidad a nuestros gobernantes.
La enseñanza bíblica nos recuerda la prueba definitiva para discernir el carácter de quienes buscan representarnos: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos” (Mateo 7:16-17). Si Jesús caminara hoy por nuestra patria, no nos pediría fanatismo político ni resignación, sino discernimiento y coherencia. La credibilidad de una nación no se reconstruye votando por el árbol que mejor se adorna, sino por aquel que da frutos probados de justicia, servicio y verdad. El destino del Ecuador no se define solo en las urnas, sino en la calidad moral de cada ciudadano que decide no ser parte del engaño. (O)
