La belleza de la imperfección

Columnistas, Opinión

La semana anterior resumimos el fascinante tercer habito japones que nos renueva, dijimos que regula nuestro sistema nervioso y que reduce drásticamente los niveles de cortisol, la principal hormona del estrés.

Siguiendo con este esencial aprendizaje aparece el quinto habito que es el Wabi-sabi (侘び寂び) es un concepto filosófico japonés fundamental que se traduce como «la belleza de la imperfección» o la aceptación de la fugacidad de las cosas. Nos enseña a valorar lo simple, lo asimétrico y lo que muestra el paso del tiempo. De cómo el cerebro debe procesar lo que no es perfecto y la impermanencia. Esta filosofía japonesa reduce la hiperactividad de la amígdala (centro del miedo y la ansiedad) al disminuir la exigencia perfeccionista y fomentar la autocompasión, promoviendo una mejor regulación emocional.

En Occidente estamos obsesionados buscando la perfección, fotos perfectas, cuerpo perfecto, vida perfecta, la piel impecable, hogares inmaculados, perfiles de redes sociales cuidadosamente curados, donde todo parece perfecto todo el tiempo. Pero esa búsqueda es agotadora y es una mentira, porque nada es perfecto, nada dura para siempre y nada está nunca completamente terminado. En oriente hay una mentalidad que cambia absolutamente todo en nuestra vida. Se exalta la aceptación de la imperfección, la belleza de las cosas que son impermanentes, incompletas e imperfectas. Wabisabi dice que eso está bien. De hecho, dice que ahí es donde reside la verdadera belleza. Una taza de té agrietada no está rota, ha vivido. Una mesa de madera desgastada no está vieja, está llena de historia. Una arruga en nuestro rostro no es un defecto. Es un mapa de nuestra vida, de nuestras risas, de nuestras preocupaciones, de cada emoción que hemos sentido intensamente. Cuando abrazamos Wavisabis, dejamos de perseguir lo imposible. Dejamos de compararnos con imágenes retocadas digitalmente. Dejamos de sentir que no somos suficientes, que no tenemos suficiente, que no hemos logrado suficiente. En cambio, comenzamos a apreciar lo que tenemos, y lo que es justo, ahora tal como es. Y ese cambio es liberador de una manera que no podemos imaginar hasta que lo experimentamos, porque de repente ya no necesitamos arreglarlo todo. Podemos simplemente ser. Podemos existir sin la presión constante de alcanzar algún estándar imposible que ni siquiera queremos realmente. Esto no significa rendirnos, no significa conformarnos con la mediocridad o dejar de ser disciplinados y esforzarnos en ser mejores y de alto valor. 

Significa aceptar que el progreso es desordenado, que la vida es imperfecta y que eso no es un problema. Ese es el punto. Eso es lo que nos hace reales, auténticos y humanos. Así que la próxima vez que notemos algo imperfecto en nuestra vida, hagamos una pausa. En lugar de verlo como algo malo, preguntémonos ¿qué hay de hermoso en esto? Ese error que cometimos, ¿qué nos enseñó? No son defectos, son pruebas de que estamos viviendo, experimentando, creciendo y eso es infinitamente más valioso que cualquier ilusión de perfección. «Nada dura, nada está completo y nada es perfecto». (O)

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