¿Qué esperar de la política en Ecuador?

Columnistas, Opinión

Doscientas treinta y cinco organizaciones políticas han sido aprobadas para participar en las elecciones de noviembre de 2026 en Ecuador. Y sí, parecería que a muchas personas les interesa vincularse al espacio más importante para organizar y ejercer el poder en nuestros territorios. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿todos están realmente preparados para gobernar o muchos continúan persiguiendo únicamente intereses personales y mezquinos, como tantas veces ha ocurrido?

Observamos ciudades caóticas y desordenadas, dirigidas en ocasiones por autoridades que parecen desconectadas de las verdaderas necesidades de la población. Decisiones improvisadas, falta de planificación y ausencia de visión estratégica terminan afectando directamente la calidad de vida de los ciudadanos.

Desde pequeños nos repiten una fórmula aparentemente infalible: estudia, esfuérzate, termina el colegio, obtén un título universitario y, si es posible, continúa con una maestría o una especialización. La promesa es que una sólida formación académica te abrirá las puertas a un trabajo digno y a una vida económicamente estable.

Sin embargo, la realidad suele ser más compleja. En nuestro país, muchas veces no parece importar demasiado qué estudiaste, en qué universidad te formaste, si fue pública o privada, nacional o internacional. Con frecuencia, el acceso a determinados espacios de poder depende más de los contactos, las relaciones políticas o las influencias que de los méritos, las capacidades o la preparación profesional. La alternativa es emprender y construir un proyecto propio, camino que también exige disciplina, perseverancia y una enorme capacidad de resiliencia.

Ante este escenario, surge otra interrogante: ¿cómo seleccionan sus liderazgos estas 235 organizaciones políticas? ¿Realizan procesos serios de formación y capacitación para sus militantes? ¿Preparan a jóvenes en temas de política pública, derecho, justicia social, igualdad, gestión ambiental, derechos de la naturaleza, economía y administración pública? ¿Les enseñan que el poder debe entenderse como un servicio a la comunidad y no como un privilegio personal?

¿O, por el contrario, simplemente reclutan candidatos dispuestos a exponerse al escrutinio público, al bullying ciudadano y a las campañas de desprestigio, sin brindarles las herramientas necesarias para ejercer una gestión responsable y transformadora?

¿Qué podemos esperar de las futuras administraciones en los gobiernos autónomos descentralizados? ¿Qué podemos esperar cuando, en muchos casos, los perfiles técnicos y profesionales pesan menos que los compromisos partidistas o las llamadas «cuotas políticas» destinadas a pagar favores?

¿Qué podemos esperar de estas elecciones cuando gran parte de la ciudadanía se siente agotada por años de promesas incumplidas, injusticias recurrentes y problemas que terminan perdiéndose en la impunidad?

Basta preguntar a muchos centennials e incluso a numerosos millennials si les interesa la política para encontrar una respuesta frecuente: indiferencia, desconfianza o desencanto. Y resulta comprensible. Las nuevas generaciones han crecido observando demasiados ejemplos de corrupción, improvisación y falta de resultados.

La pregunta entonces ya no es únicamente qué esperar de la política ecuatoriana. La verdadera pregunta es qué estamos haciendo como sociedad para transformarla. Porque la política no se cambia sola. Cambia cuando los ciudadanos exigen más, participan más y dejan de conformarse con menos.

Si queremos gobiernos distintos, debemos construir una cultura política distinta. Una donde el conocimiento sea valorado, donde la ética tenga peso, donde el servicio público sea verdaderamente un servicio y donde las nuevas generaciones encuentren razones para creer que la política puede volver a ser una herramienta de transformación y no solamente un escenario de decepciones. (O)

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