La necesidad de avanzar se impone

Columnistas, Opinión

Entre la parodia de los sueños y el frenesí de una desesperanza cada vez más intensa, se instala el abandono como una penumbra persistente: una sombra que termina doblegando toda aspiración y reduciendo la voluntad colectiva al simple instinto de supervivencia.

Quiero creer, sin embargo, que ese no será el destino final de nuestra comunidad en este último intento por tocar el cielo, aun cuando apenas consiga despegar los pies del suelo antes de volver a precipitarse bajo el peso de su propia historia.

Cuesta admitir que el conocimiento acumulado suele pasar inadvertido cuando la angustia ocupa el centro de la conciencia. Pero no desaparece. No se extingue. Permanece latente en la necesidad de sobrevivir y en la pregunta obstinada de quien comprende que vive permanentemente expuesto al riesgo.

Porque el conocimiento no siempre adopta la forma de una certeza explícita. En tiempos de incertidumbre se repliega en expresiones más discretas: memoria, experiencia, resiliencia, esperanza. Y aun cuando el individuo se siente desprotegido, ese saber acumulado continúa operando como una corriente subterránea que mantiene viva la posibilidad de resistir, comprender y reconstruir.

Pese a todos los avatares, no hemos sucumbido como sociedad. Persistimos en la intuición de que existen días mejores y comenzamos a comprender que solo las ideas innovadoras, el trabajo productivo y los procesos sostenibles podrán sacarnos del pantano político, económico y moral en el que hemos permanecido atrapados durante las últimas dos décadas.

Los administradores de la decadencia, aquellas pitonizas -que viven del miedo y prosperan en la resignación colectiva- tampoco han conseguido sofocar del todo el impulso esperanzador de un pueblo que, por momentos, vuelve a abrir los ojos y respira bocanadas de un aire distinto y posible.

Porque la realidad termina imponiéndose incluso sobre las liturgias de la mentira.

No somos los únicos atravesando dificultades. Somos apenas uno más entre muchos pueblos que buscan soluciones en medio de sus propias crisis. Pero también empezamos a ser uno de los pocos conglomerados dispuestos a asumir un proceso real de cambio, corrección y reconversión institucional.

Empieza a consolidarse una certeza incómoda: sin derrotar la narcoviolencia y reconstruir un verdadero Estado de derecho, el país seguirá siendo rehén del miedo, la impunidad y la fragmentación social. Y junto con ello, resulta igualmente indispensable corregir los desatinos constitucionales e ideológicos que terminaron degradando la autoridad democrática y erosionando la responsabilidad individual hasta normalizar el fracaso como destino colectivo.

El vaivén de la democracia sigue siendo ese oleaje brumoso que nos sacude y nos conmueve al mismo tiempo, obligándonos a recuperar memoria e historia para impedirnos tropezar -otra vez- con la misma piedra. Con esa roca corrosiva que vulnera espíritus libres y conciencias críticas mediante cánticos de redención que, durante demasiado tiempo, adormecieron nuestra capacidad de pensar.

Los pueblos no se destruyen únicamente por la pobreza o la violencia. También se destruyen cuando renuncian a discernir la realidad y entregan su conciencia a quienes convierten la mentira en método y la dependencia en proyecto político.

Quizá allí resida todavía nuestra última oportunidad. (O)

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