Fiestas de Ambato en sus “Bodas de Diamante” – Parte II

Columnistas, Opinión

Luego de reconocer tantas virtudes y elementos positivos que distinguen a Ambato, es inevitable preguntarnos qué está ocurriendo con nuestra ciudad de las flores y las frutas en pleno siglo XXI. Nos identificamos con la idea de que Ambato permanezca en la memoria colectiva de miles de turistas como una ciudad con sólidos índices de identidad cultural, profundamente artística, cuyas fiestas conmemoran legados y tradiciones propias de la localidad. Una ciudad de gente trabajadora y resiliente, donde las celebraciones, las Fiestas de las flores y de las frutas reconocidas como Patrimonio Cultural de la Humanidad, se viven entre colores, alegría, identidad, belleza y respeto.

Sin embargo, al contrastar esa imagen con la realidad, surgen cuestionamientos necesarios. Según datos de la Municipalidad de Ambato, el presupuesto para el año 2025 superó los 149 millones de dólares. Aun así, persiste la sensación ciudadana de que nunca resulta suficiente cuando se trata de priorizar las necesidades colectivas por encima de otros intereses. Ambato continúa requiriendo mayor atención en su planificación territorial y en la definición clara del modelo de desarrollo que aspira construir, tanto en lo urbano como en lo rural.

Las fiestas de esta hermosa ciudad, que reciben a más de cien mil turistas, todavía enfrentan desafíos estructurales para consolidarse plenamente. No es un secreto que los temas culturales suelen quedar relegados en las agendas políticas, situación que resulta difícil de comprender en una ciudad cuya identidad se sustenta precisamente en sus expresiones artísticas. Preocupa observar cómo varios artistas locales aún deben competir en condiciones desiguales frente a grandes ofertantes en el sistema de compras públicas, quienes acceden a proyectos de miles de dólares y, en muchos casos, terminan contratando talento local con presupuestos mínimos.

En este contexto, la Ordenanza de Cultura del cantón Ambato representa un avance significativo. Su existencia responde, en gran medida, a la gestión y persistencia de artistas, gestores culturales y actores institucionales comprometidos con el sector. La normativa incorpora principios relevantes: la priorización de artistas locales en procesos de contratación, el reconocimiento de las industrias culturales y creativas como motor de desarrollo económico, y la articulación con la Ordenanza de Espectáculos Públicos, que diferencia escalas de eventos y brinda mayor claridad normativa a los procesos culturales, comprendiendo por ejemplo que son permisos totalmente distintos para los micro eventos (de 100 a 1,000 personas), meso eventos (hasta 5,000 personas) y macro eventos (de 10,000 personas en adelante).

Estos instrumentos no son menores. Constituyen herramientas que podrían fortalecer una economía cultural más justa, generar empleo y ofrecer mayor seguridad jurídica a quienes sostienen la vida artística de la ciudad. No obstante, la verdadera prueba de toda ordenanza no reside en su redacción, sino en su aplicación.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿serán estas disposiciones realmente consideradas en la planificación y ejecución de las fiestas de Ambato, o continuaremos atrapados en la lógica de la improvisación? Porque una ciudad que celebra su identidad no puede permitirse tratar la cultura como un elemento accesorio. El futuro de Ambato no depende únicamente de sus tradiciones, sino de la voluntad de proyectarlas con coherencia, visión y responsabilidad, pero sobre todo con el amor y el compromiso por su gente. ¿Será que las actuales autoridades comprenden eso? (O)

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