31 de diciembre / Mario Fernando Barona

Columnistas, Opinión

Escribir el último día del año es un doble compromiso, no solo porque, como cada semana, uno debe esforzarse por tratar de escribir algo interesante con un estilo alegre y de fácil entendimiento, sino porque hacerlo un 31 de diciembre implica además tocar en lo posible algún tema ajeno a los tradicionales (política por ejemplo no sería porque de ella hablamos bastante a menudo) y sobre todo porque debe tener algún tipo de mensaje especial dada la ocasión tan peculiar (tome en cuenta que escribo justo el día en que termina el año y no quizás el día en el que comienza el siguiente, y aunque distan solo veinticuatro horas uno de otro, la implicación de hacerlo el momento exacto -ni antes ni después- es muy significativa). 

En este sentido, me limitaré a comentar lo que corresponda y dejaré de lado lo que a partir de mañana usted o yo podamos o debamos hacer. Para eso, comenzaré recordando que todo termina, y que al ser inevitable, es algo que debemos aprender a asumirlo con madurez y valentía. Esto lo digo porque, por lo general, el fin de un ciclo en cualquier circunstancia de la vida implica congojo y tristeza, lo que no necesariamente debería ser así.

Por eso, este último día del año no es sólo eso, es a la vez, la ocasión perfecta para reflexionar en el sentido de que sí, se acaba un año, pero no se acaba todo, termina un periodo, pero la vida continúa, finalizan 365 días, pero nos quedamos con el grato sabor de haber aprendido algo de ellos. Sí, el 31 de diciembre es acabar, concluir, ponerle punto final, en otras palabras, es una clara invitación a nosotros hacer lo mismo, sabiendo que este final nos desafía a enfrentar el nuevo comienzo con alegría y actitud renovada. Todo tiene un simbolismo, y esta fecha no es la excepción.

Pero sobre todas las cosas, debemos estar conscientes que con el único propósito de evolucionar, la vida tiene un carácter cíclico. Todo lo que acaba comienza de nuevo en una espiral ascendente de permanente evolución. Por eso decimos con bastante certeza que nada termina para siempre, ni siquiera la vida, porque quien muere sigue viviendo en su descendencia y en sus recuerdos. De ahí la importancia de proponernos este 31 de diciembre evolucionar en un sentido más espiritual y trascendente, alejados del consumismo y del trabajo. Evolución significa renuncia y olvido, pero también compromiso y visión. 

Usted y yo nacimos para evolucionar en cada final. Salud.

Deja un comentario