Los regalos pascuales de Cristo / P. Hugo Cisneros

Columnistas, Opinión

 

Cristo con su nueva presencia, ante sus discípulos, les ofrece como fruto de su pasión. muerte y resurección, la paz y el poder de perdonar los pecados a los hombres.

-Estamos viviendo un momento de gran dificultad en lo que se refiere a la vivencia de la paz. El mundo, despreciando este gran don que es al mismo tiempo un derecho y un deber, ha quebrado el equi¬librio entre las personas y los pueblos, y ha roto así la paz en su con-vivencia.

La falta de paz se traduce en violencia, en inconformidad, pues no hemos alcanzado el bienestar mínimo, en irrespeto al otro, en guerra fratricida. La paz es un don que. saliendo del interior del hombre, se traduce en el exterior, provocando un sano equilibrio entre todas las esferas de la vida del hombre. dando prioridad a la vivencia de los valores auténticos sobre aquellos que son superficiales y marginales. La paz es signo de realización, de bienestar total, la paz rechaza todo malestar y nos obliga a una lucha permanente y coherente en favor de la justicia. la libertad. el amor. Una paz que no se fundamente sobre estos pilares es falsa y hasta peligrosa.

– El Señor quiere, misteriosamente, al comprender el corazón de todos los hombres, adentrarse en él y ofrecerle el perdón. Sólo Dios puede perdonar el pecado, pero quiere que sus discípulos tengan en sus manos ese poder. “Lo que perdonéis, quedará perdonado y lo que no perdonéis no quedará perdonado”. Es el misterio más grande que tenemos en mano y que muy pocos lo sabemos aprovechar. El cami-no para experimentar el perdón está señalado por Cristo y nos toca a nosotros con arrepentimiento acercamos humildemente a sus discípu¬los a confesar nuestras culpas, experimentar la serenidad y la paz de ser perdonado.

La paz y la gracia del perdón son los regalos que Cristo nos deja luego de su resurrección. Toca esforzamos a fin de que viviendo la paz interior seamos mensajeros de dicha paz en el mundo y con los hombres, nuestros hermanos. Para esto debemos adquirir una actitud de profunda fe. Debemos creer que Cristo es todo. Y con El y por El, como razón de la vida, todo lo podemos, hasta vencer el pecado y la misma muerte.

 

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