Las motivaciones psicológicas del Fanatismo / Ing. Patricio Chambers M.

Columnistas, Opinión

En uno de sus recientes artículos publicados en el diario El País de España, Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología Clínica de la Universidad del País Vasco, nos habla de las motivaciones psicológicas de los fanáticos que llegan incluso a cegar la vida de seres humanos.

Según este especialista dichas motivaciones tiene raíces internas que deben ser identificadas, de hecho nos dice que “al matar a otras personas, se vulnera el principio natural de la empatía, que nos sitúa emocionalmente en el lugar de los otros seres humanos y nos impide causarles un sufrimiento innecesario y extremadamente cruel” a las víctimas, sus familiares y a la sociedad.

También “al matarse ellos mismos o facilitar su muerte por la intervención de la policía, se va en contra del instinto básico de supervivencia, que es un mecanismo adaptativo fuertemente anclado en la naturaleza humana”.
Una de los convencimientos más fuertes de los fanáticos es creer que están en posesión de la verdad, por lo que llegan a cargar su psiquis con sentimientos de odio para compensar su falta de racionalidad, de ahí que el terrorismo esté vinculado directamente con el fanatismo.

Tal como nos explica Enrique Echeburúa, “en las personas fanáticas hay una amalgama de componentes afectivos (la exaltación), cognitivos (el valor absoluto de las creencias) y comportamentales (la acción violenta contra los supuestos culpables)”.

En el momento en que los emocional predomina sobre la coherencia racional, hace que las creencias no sean discutibles, no así las ideas que en cambio pueden ser discutibles. Al situarse en el primer caso, dichas creencias nos llevan a la ofuscación de la conciencia y por tanto a actuar emocional e instintivamente.

El problema entre otros factores, es que “el fanatismo supone un ahorro de energía psicológica porque no requiere de ningún trabajo intelectual” pues no se cuestiona las ideas, elimina cualquier incertidumbre, ofrece seguridad y proporciona el apoyo emocional desde el grupo con quienes se comparte tal condición.

Es importante recordar que el convertirse en fanático no es algo que surge de la noche a la mañana, sino como resultado de un proceso gradual en el tiempo durante el cual los líderes religiosos, la familia, las redes sociales o los amigos desempeñan un papel fundamental, especialmente durante la juventud.

Es evidente que nadie nace odiando, de ahí que la transmisión de generación en generación de creencias extremas, se inicia a edades tempranas con un fuerte sentimiento de victimización, que justifica la violencia por el bien de lo que se da por llamar: una causa moral superior.

Adicionalmente el fanatismo requiere de algunos elementos externos para ponerse en funcionamiento. De hecho, los fanáticos a todo nivel, precisan de la presencia de un enemigo externo, al quien atribuir sus frustraciones, como un factor fundamental para conformar una identidad propia y generar una cohesión grupal.

He ahí el caldo de cultivo para las semillas del odio y que conducen a la venganza y a la violencia. (O)

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