La enfermedad del poder / Gabriel Morales Villagómez

Columnistas, Editorial, Opinión

La historia de la humanidad está llena de ejemplos de tiranos y dictadores que llegaron a gobernar las naciones con el favor popular y que embriagados  por las delicias y privilegios del poder; creyéndose predestinados, semidioses, cruzaron el límite de la cordura hasta llegar a despreciar la vida y  llevaron a sus pueblos a la  ignominia.

Cuando no han sabido asimilar el poder, el comportamiento de las personas se vuelve patético. Denotan comportamientos de grandiosidad y narcisismo. Imaginan que lo que piensan es lo correcto y lo que opinan los demás no sirve. Creen que todos los que les critican son sus enemigos, pierden la perspectiva de la realidad, ven sólo lo que quiere ver, creen saberlo todo y que pueden actuar incluso más allá de los límites de la moral.

Pero el poder no es eterno, -es efímero- y cuando éste termina -y ya en su soledad- tarde o temprano deben responder y dar cuentas  por lo que se hizo o se dejó de hacer. Quienes ostentaron el poder con abuso deben vivir el resto de sus vidas acosados por los arrepentimientos y los fantasmas de quienes fueron afectados por sus decisiones. Es triste ver como terminaron tiranuelos como Hitler, Pol-Pot, Mussolini, Idi Amin, Estalin, Ceausescu  y Gadafi.

En el 2008, el médico británico David Owen publicó el libro titulado “En el poder y en la enfermedad: enfermedades de jefes de Estado y de Gobierno en los últimos cien años”, que describe las enfermedades físicas y psicológicas sufridas por presidentes a través de la historia. Este libro se lo recomienda para ser leído por todos los médicos que cuidan la salud física y mental de los políticos y mandatarios.

En la publicación se hace referencia a la enfermedad de “Hubris” palabra que proviene del vocablo griego ‘Hybris’, que en su significado moderno describiría   a una persona que por tener excesiva soberbia, arrogancia y autoconfianza, desprecia a los demás; ha sido cegada por el orgullo y actúa en contra el sentido común.

Quienes padecen del “Síndrome de Hubris” han perdido el sentido de la realidad y en el ejercicio del poder tienen comportamientos anormales. Usan el poder para su propia gloria; adquieren una preocupación exagerada por su imagen y en sus discursos se presentan como la encarnación de la patria.

Se equiparan a Dios o a la historia, pues se creen predestinados por la Divina Providencia para salvar a la nación y que sobre sus actos sólo Dios y la historia puede juzgarlos y reconocerlos; actúan en forma impulsiva y a su capricho. Sus consideraciones morales guían sus decisiones políticas, no importa si son inapropiadas o costosas. Las políticas públicas preestablecidas, las leyes, las constituciones o los poderes del Estado, son manipulados a su conveniencia. Estos gobernantes tratan de mantener el poder de forma indefinida, precisamente para alimentar su trastorno.

Consultados los expertos qué cómo se cura esta enfermedad, han respondido que: -¡Fácil!- -La enfermedad es transitoria y se cura automáticamente cuando el gobernante pierde el poder-

Pero existen también quienes llegan a una alta esfera de poder y logran escapar de esta enfermedad. Se cita como ejemplo al Santo Padre Francisco, quien ha roto los patrones de aislamiento del poder y con su humildad trata de no ser contagiado por el síndrome de Hubris: entonces nos explicamos el por qué a cada momento pide que recen por él.

El ex presidente de Uruguay José Mujica es otro digno ejemplo de cordura y precisamente él manifiesta que “el poder no cambia a las personas, sólo revela quienes  verdaderamente son”.

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