Hoy estarás conmigo en el paraíso / P. Hugo Cisneros

Columnistas, Opinión

El hombre, el joven que se contentan con la vida que llevan, tienen necesidad de superar los limites de la muerte, la estrechez de una caja mortuoria, la frialdad de una tumba. El hombre nació, no para perderse en las “vida” de acá, sino que nació con proyección hacia una verdadera vida que se la “construye en el aquí y el ahora”, para vivirla a plenitud en “allá y en el después”. 

Precisamente, cuando ante nuestros ojos, “una vida se acaba”, la de Cristo; cuando otras vidas terminan (la de ajusticiados en la Cruz con Cristo) comienza la gran verdad: la VIDA del reino definitivo de Cristo. 

De las cenizas de nuestra muerte surge la vida. Hay que saber aceptar esa realidad para que cada paso que damos en nuestra existencia, sea un paso que va sembrando vida para que, madurada en fruto, sea una realidad definitiva para nosotros los jóvenes. 

La VIDA que surge de la cruz, que es vida eterna, es un aliento para el joven, pues descubre que no es el número de años, sino la intensidad con que se los vive, lo que da garantía de esa otra VIDA que Cristo promete en este paso ycon estas palabras. Eljoven siente que detrás de lotransitorio de esta vida hay gérmenes de verdadera VIDA que Cristo promete al decir HOY MISMO ESTARAS EN EL REINO DE VIDA. 

Del Evangelio según san Lucas 23, 39-43

Uno de los malhechores colgados en la cruz le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

MEDITACIÓN

Transcurren los minutos de la agonía y la energía vital de Jesús crucificado se está atenuando lentamente. Sin embargo, aún tiene la fuerza para realizar un último acto de amor en favor de uno de los dos condenados a la pena capital que se encuentran a su lado en esos instantes trágicos, mientras el sol está aún en lo alto del cielo. Entre Cristo y aquel hombre tiene lugar un diálogo tenue, compuesto por dos frases esenciales.

Por un lado, está la petición del malhechor, al que la tradición llama «el buen ladrón», el convertido en la hora extrema de su vida: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino». En cierto sentido, es como si aquel hombre rezara una versión personal del «Padre nuestro» y de la invocación: «Venga tu Reino». Sin embargo, hace la petición directamente a Jesús, llamándolo por su nombre, un nombre con un significado luminoso en ese instante: «El Señor salva». Luego viene el imperativo: «Acuérdate de mí». En el lenguaje de la Biblia este verbo tiene una fuerza particular, que no corresponde a nuestro pálido «recuerdo». Es una palabra de certeza y de confianza, como para decir: «Tómame a tu cargo, no me abandones, sé como el amigo que sostiene y apoya».

Por otro lado, está la respuesta de Jesús, brevísima, casi como un suspiro: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». La palabra «Paraíso», tan rara en las Escrituras, que sólo aparece otras dos veces en el Nuevo Testamento[37], en su significado originario evoca un jardín fértil y florido. Es una imagen fragante de aquel Reino de luz y de paz que Jesús había anunciado en su predicación, que había inaugurado con sus milagros y que dentro de poco tendrá una epifanía gloriosa en la Pascua.  Es la meta de nuestro fatigoso camino en la historia, es la plenitud de la vida, es la intimidad del abrazo con Dios. Es el último don que Cristo nos hace, precisamente a través del sacrificio de su muerte, que se abre a la gloria de la resurrección.

Nada más se dijeron en aquel día de angustia y de dolor los dos crucificados, pero esas pocas palabras pronunciadas con dificultad por sus gargantas secas resuenan aún hoy y constituyen siempre un signo de confianza y de salvación para quienes han pecado pero también han creído y esperado, aunque sea en la última frontera de la vida. (O)

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