Nos falta mucho por madura políticamente/ Mario Fernando Barona

Columnistas, Opinión



Ya se ha escrito bastante en torno a los resultados electorales de las últimas elecciones seccionales en el país. Se dijo, y con mucho acierto, que las encuestadoras fallaron del medio a la mitad; que la amplia dispersión de candidatos a la alcaldía de Quito forzó irremediablemente un resultado tan pobre del candidato ganador, lo cual desde mi punto de vista no es tan cierto considerando que por ejemplo acá en Ambato también hubo una docena de candidatos y el ganador obtuvo más del 40% de los votos; que la falta de acuerdo de la oposición para proponer un candidato único, fortaleció el surgimiento de los outsaiders, como Yunda, que terminó ganando; que para la alcaldía de Guayaquil no hubo sorpresas porque siempre se supo que Viteri ganaría con más del 50% de votos; en fin, en estos días se han sacado a limpio varias conclusiones de todo tipo y calibre, dignas todas de análisis.

Pero hay algunas que no han salido del todo a la luz o lo han hecho con cierto recelo porque ponen el dedo en la llaga no del candidato sino del pueblo; y criticar la “sabiduría” del pueblo, digámoslo claramente, es como retar a Goliat.

De acuerdo a estadísticas y encuestas, uno de los temas, junto con la inseguridad y el desempleo, que más preocupa a los ecuatorianos es la corrupción, sin embargo, Pichincha puso como su nueva prefecta a una de las representantes más icónicas de la corrupción en el país al ser ella parte del correísmo. Igual, quedó segunda para la alcaldía de Quito otra mujer de las mismas características y convicciones políticas. Es decir, todos estos doce años, y sobre todo estos últimos en los que ha desbordado el país con pruebas irrefutables de corrupción orquestadas por el correísmo, no han servido de nada. Parece que a determinada parte del pueblo poco o nada le importa si un político roba o incluso comete otros delitos más graves. Si habla bonito y convence, obtiene muchos votos.

Y eso es muy grave porque denota la calidad moral ya no solo del candidato sino del ciudadano que lo apoya, denota también la ignorancia y el quemeimportismo de los obligados a votar, y denota finalmente un fuerte complejo de inferioridad de aquellos subyugados a un sistema de imposición y carencia.

Como pueblo nos falta mucho por madurar políticamente. Vivimos quejándonos de los malos políticos, pero seguimos votando por ellos, y aún más, defendiéndolos. (O)

Mail: mariofernandobarona@gmail.com

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