Vulgaridad política

Columnistas, Opinión

En el libro “La vulgaridad política”, de Carlos López Dawson (2023), explica que lo que conduce a la vulgaridad, es el acto desesperado de quien no tiene ni el intelecto ni la cultura suficiente para contestar las ideas de otro. Lamentablemente han aparecido personajes particularmente odiosos por lo vulgar, que tratan de emporcar las relaciones políticas.

Lo vulgar está relacionado a lo ordinario, la chabacanería, grosería fútil, trivialidad, trato tosco utilizando lenguaje soez, impertinencias y comportamientos que rompen las normas de decoro; a menudo, utilizados como estrategia populista para aparentar cercanía con el pueblo y atacar a los enemigos del momento. Ya no existe la confrontación política de altura, esa que con cortesía y en buenas palabras, enviaba al diablo a los rivales.

Cierto es que no somos limpios y puros, porque en ocasiones solemos recurrir a palabrotas cuando las situaciones nos sacan de casillas. Este fenómeno, descrito como «vulgaridad rampante» sale desde la casa, aumenta en la escuela y se multiplica en la calle, en la jorga, la pandilla, donde el vocabulario que se utiliza para conversar está lleno de bascosidades que aluden a cercanos y extraños, hombre o mujeres con palabras de grueso calibre. 

 La vulgaridad política utiliza como estrategia de comunicación, la descalificación del oponente y como jueces, a los seguidores ciegos y mudos. Atacar primero es la clave, emplear el lenguaje de la calle, con gritos de amenazas, para representar un estilo canalla o desafiante. Si por un caso les llaman la atención o les critican, rápidamente justifican sus vulgaridades, apelando a que son gente de pueblo, valientes defensores de pelo en pecho; mujeres fajadas; o recurren a la desgastada y pobre muletilla de “perseguido político”.

Injuriar a prostitutas, nombrar a la madre, endilgar tendencias sexuales, vivir subidos en la mitomanía o la mentira. La vulgaridad se define como la falta de refinamiento, siendo contraria a la elegancia y al decoro social. Ser vulgar, boca suelta, le singulariza, pero no socializa, porque más allá de la bravuconería, genera rabia, contrariedad y molesta escucharlos por más que cambien el discurso. Estas actitudes reflejan la incultura social que se adueña de espacios, instituciones y personas; tendencia no aislada, que alaba equivocadamente a tramposos, mafiosos, mañosos en apología del delito; tan natural hoy y muy raro que, los noticieros televisivos critiquen este mal ejemplo, pero mantienen programas en donde el villano, el narco, el truhan es ahora el personaje principal. Notoria doble cara.

Con pena decimos que la sociedad actual, acepta la vulgaridad política; y, las nuevas generaciones crecen pensando que esa es la manera y forma de hacer política; más no como la degradación del pensamiento y del debate democrático, como una herramienta de lucha.

Urge el cambio educativo legal, necesitamos la educación social con disciplina, el apoyo de padres para delegar el poder a la escuela; la consciencia nacional no puede negar que este sistema educativo no da para más; y que los remedios que proponen sociólogos, pedagogos y psicólogos de escritorio tienen una visión distinta de la realidad. Lamentarse no sirve, hay que despabilarse y actuar. (O)

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