Remesas: alivio para la economía doméstica

Las remesas se han constituido en un alivio para la economía doméstica, pero ciertamente son insuficientes como modelo de desarrollo. Ciertamente, el crecimiento de las remesas se ha consolidado como uno de los datos económicos más destacados del Ecuador. En el 2025, según cifras oficiales del Banco Central, los ecuatorianos en el exterior enviaron al país más de USD 7.700 millones, el monto más alto registrado hasta ahora. Esta cifra es equivalente al 6,5 % del Producto Interno Bruto.
Es evidente que las remesas se han convertido en uno de los principales pilares de la economía nacional. Para dimensionarlo, en solo cinco años el flujo anual casi se duplicó: pasó de poco más de USD 3.300 millones en 2020 a los niveles récord actuales. Estados Unidos concentra cerca del 78 % de estos envíos, seguido por España e Italia. Sin duda, detrás de cada giro hay cientos de familias que dependen de esos recursos para cubrir alimentación, educación, salud o vivienda.
Sin embargo, este aparente “éxito económico” tiene un trasfondo que procupa. El aumento de las remesas está estrechamente ligado a una nueva ola migratoria, intensificada por el desempleo, la inseguridad y la falta de expectativas. En los últimos años, cientos de miles de ecuatorianos han salido del país, muchos de ellos jóvenes en edad productiva. Se puede decir que lo que el país gana en divisas, lo pierde en talento humano.
Las remesas alivian la economía doméstica, es cierto; pero no sustituyen un modelo de desarrollo. La mayoría de estos recursos se destina al consumo inmediato, algo comprensible dada la situación de los hogares receptores. El problema es que, sin políticas públicas que promuevan su canalización hacia la inversión productiva, el ahorro o el emprendimiento, el impacto de las remesas se agota en el corto plazo. Se sostiene el presente, pero no se construye el futuro.
El contraste es revelador: mientras las remesas baten récords, la generación de empleo formal en el país sigue siendo limitada. El crecimiento económico basado en la migración no refleja fortaleza interna, sino una economía que se sostiene gracias al esfuerzo de quienes ya no están. Cada dólar que entra es también una señal de que el país no puede ofrecer oportunidades suficientes para que esas personas se quedaran a producir en el país, junto a su familia.
El costo social de esta dinámica es profundo. Familias fragmentadas, niños que crecen con padres ausentes y comunidades que pierden a su población joven. En este sentido entonces estamos frente a una realidad: El Ecuador no solo exporta mano de obra; exporta esperanzas, proyectos de vida y futuro.
Las remesas son hoy un soporte indispensable y sería irresponsable ignorar su importancia. Pero celebrarlas sin reflexión es un error. Un país no puede conformarse con crecer gracias a la ausencia de su gente. El verdadero desafío está en crear las condiciones para que el crecimiento económico nazca del trabajo, la seguridad y las oportunidades dentro del país, y no del sacrificio de quienes se fueron dejando a sus familias, mientras el país continúa postergando la tarea de construir un desarrollo propio y sostenible.(O)
