El poder sin ética y sus consecuencias

Columnistas, Opinión

El poder, por sí mismo, no es negativo. Es una herramienta que puede servir para construir, guiar y transformar realidades. Sin embargo, cuando el poder se adquiere sin ética ni valores, se convierte en una fuerza profundamente destructiva, no solo para quien lo ejerce, sino también para quienes lo rodean y para la sociedad entera. El poder no cambia a las personas, las revela. Amplifica lo que ya existe en su interior.

Cuando una persona obtiene poder sobre otra, ya sea en el ámbito familiar, laboral o social; su verdadera personalidad se acentúa. Si existe integridad, el poder se convierte en servicio. Pero si hay ego, ambición desmedida o falta de conciencia, el poder se transforma en abuso, manipulación y control. En estos casos, el daño no siempre es inmediato, pero sí progresivo y profundo.

El poder sin ética elimina la confianza, rompe vínculos y normaliza la injusticia. Quien lo ejerce desde la soberbia deja de escuchar, pierde empatía y comienza a justificar decisiones que afectan a otros bajo la excusa de la autoridad. Con el tiempo, esta desconexión genera entornos tóxicos, familias fracturadas y sociedades debilitadas, donde el miedo reemplaza al respeto.

Este fenómeno es especialmente delicado cuando se trata de los gobiernos. Quienes asumen responsabilidades públicas tienen en sus manos el bienestar de miles o millones de personas. Gobernar no es dominar, es servir. Actuar con transparencia y ética no debería ser una opción, sino un compromiso ineludible. El poder político sin valores no construye progreso; genera desigualdad, desconfianza y temor.

Sin embargo, la responsabilidad no recae únicamente en quienes gobiernan. El poder también se ejerce en lo cotidiano; en el hogar, en el trabajo, en la forma en que se influye sobre otros. Cada persona, desde su lugar, tiene la posibilidad de elegir cómo usar su influencia. Hacer lo correcto no es un acto heroico, es una decisión diaria que exige coherencia, humildad y responsabilidad.

Una sociedad evoluciona cuando quienes tienen poder lo ejercen con conciencia y cuando quienes no lo tienen se niegan a normalizar el abuso. El verdadero liderazgo se sostiene en valores, no en imposiciones. Porque el poder sin ética destruye, pero el poder ejercido con integridad tiene la capacidad de transformar, mejorar y construir un futuro más justo para todos. (O)

Deja una respuesta