Cuando la indignación se apaga

Columnistas, Opinión

Suceden demasiadas cosas al mismo tiempo en el Ecuador, tantas, que en lugar de transformarse en información, se acumulan como ruido. Comunicados, notas periodísticas, publicaciones en redes sociales, entrevistas, transmisiones en directo y declaraciones cruzadas se mezclan como si sus productores estuvieran en competencia. Los temas son variados, pero todos comparten un mismo trasfondo: corrupción, narcotráfico, blanqueo de activos y funcionarios cooptados por la delincuencia.

Cada día surgen nuevos hallazgos: personajes cuyos bienes no guardan coherencia con los ingresos que declaran; tarjetas de crédito usadas, no para financiar consumo, sino para ocultar pagos mensuales de cientos de miles de dólares y distraer a las entidades reguladoras; empresas privadas de seguridad vinculadas con grupos criminales; instituciones financieras sin supervisión efectiva sobre la legalidad del dinero que reciben por sus ventanillas o plataformas digitales; funcionarios públicos allanados y hasta un equipo de fútbol de segunda división que funcionaría como fachada para el lavado de activos.

No falta información; sobra. Y el problema no es el volumen de datos, sino la acumulación constante de escándalos que no genera reacción, sino desgaste. La indignación se agota y da paso a algo más peligroso: la indiferencia. No por complicidad, sino por agotamiento. Frente a la avalancha informativa, el ciudadano opta por desviar la mirada como mecanismo de defensa.

El escenario político tampoco ayuda. A medida que el debate serio escasea, la Asamblea Nacional se asemeja cada vez más a un cuadrilátero de lucha libre, saturado de insultos, descalificaciones y desafíos públicos para resolver diferencias a golpes. El juicio político al presidente del Consejo de la Judicatura, cargado de tintes de justicia política, refuerza la percepción de que los votos pesan más que las pruebas.

En el ámbito local, la escena se repite: enfrentamientos entre autoridades, discursos contradictorios y obras emblemáticas que no se concretan. Mientras tanto, los problemas reales persisten: desempleo, escasez de medicinas, inseguridad, miedo, falta de oportunidades. La política parece moverse en un plano paralelo, ajeno a la vida real de la gente.

El verdadero peligro no es solo la corrupción o la violencia, sino el agotamiento colectivo. Un pueblo cansado deja de exigir y una política sin exigencias se vuelve impune. El Ecuador no necesita más ruido ni más espectáculo: necesita respuestas, responsabilidad y un Estado que vuelva a estar a la altura de las circunstancias. (O)

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