Con careta prestada

Si hay algo casi grotesco -que rebasa la posibilidad de siquiera considerarse gracioso- es observar a ciertos políticos y críticos acerbos, en distintas latitudes del mundo, intentar reubicarse en el cómodo andarivel de la supuesta independencia en medio de conflictos internacionales cada vez más crudos.
Lo hacen mientras el mundo se fragmenta en bloques, mientras las guerras redefinen alianzas y mientras las potencias imponen, sin disimulo, sus intereses.
Se declaran “neutrales”, “prudentes”, “equilibrados”. Palabras elegantes para encubrir una realidad más bien incómoda: no son independientes, están condicionados. Y lo saben. Basta mirar cómo reaccionan sus gobiernos frente a conflictos como la guerra entre Rusia y Ucrania, o la escalada permanente en Medio Oriente.
Los discursos oficiales se desbordan: hablan de paz, de diálogo, de respeto al derecho internacional. Pero en la práctica, las decisiones se alinean -con mayor o menor disimulo- a los intereses de uno u otro bloque. Votan en organismos multilaterales según conveniencia, negocian en silencio mientras declaran principios, y ajustan su narrativa dependiendo de quién esté observando.
La independencia, en ese tablero, es una ficción útil. De hecho, los organismos internacionales mantienen un sesgo natal ineludible y una careta intercambiable superpuesta que les permite flotar en aguas turbulentas.
Porque en el fondo lo que aflora -en uno u otro espacio- no es autonomía política, sino temor estructural: temor a sanciones económicas, a aislamientos diplomáticos, a perder cooperación, a incomodar a socios estratégicos. Y ese temor se traduce en ambigüedad calculada. No es que no sepan qué posición tomar; es que no están dispuestos a pagar el costo de sostenerla.
Entonces aparece la coreografía global de la tibieza: comunicados cuidadosamente redactados, condenas parciales, silencios selectivos. Se cuestiona una invasión, pero se calla otra. Se invoca el derecho internacional, pero solo cuando conviene. Se habla de soberanía, mientras se negocia dependencia. Se proclama transparencia entre susurros y manos manchadas.
Y en ese juego, muchos líderes y críticos intentan vender una independencia que no practican. Se colocan ese traje como si fuera propio, pero se les nota el préstamo: les queda corto en dignidad y largo en contradicciones.
Lo más preocupante no es la falta de independencia real -que en un mundo interdependiente puede ser discutible-, sino la simulación. Porque cuando la política se construye sobre apariencias, el ciudadano deja de confiar no solo en los líderes, sino en las instituciones y colectivos que representan.
La guerra, además, desnuda esas imposturas con mayor crudeza. No hay espacio para equilibrios retóricos cuando hay vidas en juego, cuando hay violaciones evidentes, cuando se enarbola una religiosidad cuestionable, cuando el orden internacional se tensiona. Sin embargo, muchos prefieren refugiarse en la retórica del “no alineamiento”, una versión contemporánea y descafeinada de viejas posturas, ahora más cercanas al oportunismo que a la convicción.
Y ahí es donde la imagen se vuelve inevitable: pantalones demasiado cortos para la responsabilidad histórica que enfrentan, y a veces mojados -no por accidente- sino por el miedo persistente a definirse, a incomodar, a asumir consecuencias.
Porque la verdadera independencia no consiste en no tomar partido, sino en hacerlo con coherencia, incluso cuando el costo es alto. Lo demás es cálculo. Es marketing político. Es sobrevivencia. Es gatopardismo.
Y en un mundo atravesado por guerras, tensiones y reconfiguraciones de poder, fingir independencia no es solo ridículo: es peligrosamente insuficiente.
Pasará la tormenta y cuando el viento amaine, escépticos, abstencionistas y contradictores serán los primeros en felicitar al vencedor y sumarse al carro victorioso -como pretendiendo- un acceso disimulado y pernicioso.
¡C’est la vie! (O)
