Cien perros esperando en la carretera a Sumbagua. 2026

Columnistas, Opinión

Y nos propusimos contar perros al regreso de la visita a la inigualable laguna del Quilotoa. La impresión es rara desde cuando en el viaje de ida, subidos a los inigualables páramos después de salir de Pujilí, vamos notando que a eso de la media mañana, por lo general, en cada curva del sinuoso camino iba apareciendo por separado un famélico perro paramero, orejas de lobo, pelaje descuidado y mirada histórica. Nos rebasan carros de aspecto moderno y sin más, iban tirando panes a los mendicantes “ashcus” que respetuosamente toman su bocado sin violencia, sin agresiones ni invasión de territorio en los segmentos del camino. Así subimos mirando estupefactos la belleza de las montañas y los descoloridos y motosos pelajes de los descoloridos mendicantes que hemos aprendido a sobrevivir de la dádiva, de la obra de caridad, de la migaja que guarda la sensibilidad humana.

Su hábitat está por entre la quebrada Unacota, un río Yana yacu (agua negra), que reciben aguas del Licamanchatinga. Cuando alzan la mirada saben que el laberinto del paisaje los hace pensar en las verdes aguas del Quilotoa, pasando por el cerro de Quiliza, hacia el norte por Zanja-loma. Preguntamos a algún caminante por donde está la cordillera de Chami, los cerros de Marco loma, Cocha loma, Chame. Pregunto por dónde estará la quebrada de Pasa cocha, pero solo saben que están en Zumbagua. Más abajo hay una quebrada negra de rocas saladas que acá se llaman Yana cachi. Encontramos un letrero con el nombre del río Tigua, pero ya nadie sabe llegar a sus nacientes en un cerro que se llama Yuca pucha.

Qué bueno sería que la geografía la aprendiéramos en territorio. Qué bueno sería que existiera una señalética indicando el nombre de cada río, de cada quebrada, de cada pueblo o sector geográfico. Indicaciones pedagógicas de terreno ayudarían a preservar lengua y cultura, con informaciones de alturas y distancias. Pero la otra sorpresa que compartimos con los viajeros es que estamos en un país de ladrones: decenas de señaléticas metálicas, de indicadores luminosos de dirección de las curvas, tan necesarias cuando baja la neblina y evitan ir a los abismos, se ve que van siendo robadas, arrancadas de los soportes metálicos, y en muchos casos han sido violentadas con soporte y todo. ¿Vería algo de esto la prefecta Lourdes Tibán tan empeñada en abrir vías  y en mantener los baches? Yo creo que con un poco de iniciativa comunitaria se puede auyentar a los ladrones de fierros viejos, a los chatarreros de nuestra suerte histórica.

El regreso fue una tarea colectiva de los viajeros de contar perros desde el río Tigua   hasta las bajadas a Pujilí. Aproximadamente 90 perros daban la imagen de cómo está el país, entre el hambre y la somnolencia. Estos perros me parece que han olvidado de ladrar. ¿Olvidarían de aullar esperando la muerte? Lo que sorprende es que no se mira en la carretera cadáveres por atropellamiento. Me imagino que mueren como héroes anónimos de la desigualdad perruna. 

Es que esos perros parameros no saben que hay perros urbanos que comen pro can sabor a pollo, clasificado por edades, no sea que a los cachorros les vaya a dar desnutrición infantil, a pesar de que pueden exigir el huevo diario que ofreció el gobierno. Estos perros son de “raza” y exigentes para poder cuidar los domicilios, y ladrar agradecidamente cuando no les fastidia las alarmas. Son perros con peluqueros, guarderías. Salen de paseo a cagarse donde quiera y delante de cualquiera y reclaman atención mediante ordenanzas, con mejores cuidados que los adultos mayores.

Recién caigo en cuenta que viajamos en viernes Santo y los perros estaban en su día de ayuno. (O)

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