Originalidad

No creo que haya nada más detestable que apropiarse de algo ajeno. Tan es así que, robar, de acuerdo al catolicismo, es un pecado mortal que si no se lo expía podría condenar al ladrón a vivir eternamente en el infierno. En el plano terrenal, este delito se paga con privación de libertad cuyo tiempo dependerá de la gravedad del daño causado, además de la reparación y reintegro del monto o cosa robada.
Con el plagio, sin embargo, ocurre algo ligeramente distinto. Si alguien se apropia de alguna idea o creación intelectual y deliberadamente no incluye el nombre del autor original, habría actuado de mala fe y deberá pagar las consecuencias, pero -y aquí la sutil diferencia- no siempre la apropiación de ideas ajenas puede tener implícito el dolo o la intención de causar daño, y esto a pesar de (o, precisamente porque) prácticamente todo lo que hacemos en mayor o menor grado es un claro e inequívoco plagio. Se lo explico.
En 1903, Mark Twain, afamado escritor de clásicos como Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, entre otros, le escribió una carta a su joven colega Helen Keller acusada de haber plagiado un cuento. Ella fue absuelta, aunque tamaña humillación le dejó marcada de por vida. A continuación, reproduzco unos cuantos fragmentos de la misiva que nos permitirán ver que la originalidad, tal como la entendemos, es un mito.
Twain le dice: “¡Ay, Dios mío, qué espectáculo tan indescriptiblemente cómico, tan solemne y tan grotesco fue aquella farsa del ‘plagio’! Como si existiera algo, en cualquier expresión humana —oral o escrita— que no sea plagio. (…) El núcleo, el alma —vayamos más lejos: la sustancia, la esencia, el material real y valioso de toda expresión humana— es plagio.
Cuando un gran orador pronuncia un gran discurso, lo que oímos son diez siglos y diez mil hombres hablando a través de él. Pero lo llamamos su discurso, aunque en verdad solo una porción ínfima le pertenece. (…) Se necesitan mil hombres para inventar un telégrafo, o una máquina de vapor, o un fonógrafo, o un teléfono, o cualquier otra cosa importante y el último de ellos se lleva el crédito, mientras olvidamos a los demás. Él solo añadió su pequeño granito de arena: eso es todo lo que hizo.
Estas lecciones deberían enseñarnos que noventa y nueve partes de todo lo que procede del intelecto son plagios, puros y simples; y que la verdadera lección debería ser hacernos modestos.”
Reitero, ni de lejos se sugiere hacer del plagio una apología, sin embargo, nadie estará en desacuerdo con el razonamiento de Twain de que el mundo tal como lo conocemos no apareció de la nada. Detrás de cada pequeña cosa hay siglos de innumerables aportes que, consciente o inconscientemente, los hemos ido haciendo propios. Por eso, desde el punto de vista de la creatividad, lo que entendemos por originalidad es el resultado, no el punto de partida.
