Cinco siglos buscando culpables

Cada 12 de octubre reaparece el mismo ritual: una discusión en la que parece obligatorio elegir bando. ¿América fue descubierta, conquistada o saqueada? La respuesta suele depender de la consigna de quién tenga la palabra. Me cuesta aceptar que cinco siglos de historia quepan en una pancarta. Y me inquieta que, mientras discutimos cómo llamar al pasado, prestemos tan poca atención al futuro que estamos construyendo.
Colón llegó al Caribe en 1492; la conquista del territorio que hoy es Ecuador ocurrió décadas después. Hubo violencia, despojos e imposiciones que no deben disimularse. Pero tampoco ayuda imaginar una América anterior a los europeos donde todo era paz y amor. Los incas expandieron su dominio sobre pueblos que ya habitaban estas tierras, y sectores cañaris terminaron aliándose con los españoles. Aquellas rivalidades nos recuerdan que la historia nunca tuvo solamente dos protagonistas.
También hubo un intercambio que todavía forma parte de nuestra vida. Basta mirar la arquitectura de Quito, donde las tradiciones europeas se mezclaron con el talento y los conocimientos de artistas indígenas. En Ambato funcionó en 1755 una imprenta jesuita, una de las primeras expresiones de la cultura impresa en el territorio que sería Ecuador. Y Pedro Vicente Maldonado colaboró desde 1736 con científicos europeos en la Misión Geodésica. Son ejemplos de una historia que produjo conocimientos y expresiones culturales, además de conflictos.
El Derecho colonial muestra contradicciones semejantes. Las Leyes Nuevas de 1542 buscaron proteger a la población indígena y la Corona estableció instituciones como la Real Audiencia de Quito. Sin embargo, las normas convivieron con abusos y trabajos forzados. Reconocer esos antecedentes no significa absolver sus injusticias ni olvidar que los pueblos originarios ya tenían sus propias formas de organización.
Según el censo de 2022, el 77,5 % de los ecuatorianos se identifica como mestizo. Esa cifra describe una identidad declarada, no el árbol genealógico de cada persona, pero permite recordar cuánto han contribuido distintas culturas a nuestra sociedad. En 2020, manifestantes intentaron derribar la estatua de Isabel la Católica en Quito. Los monumentos pueden discutirse, sin duda, pero dañarlos no reemplaza una conversación seria sobre lo que representan. La crítica histórica merece argumentos, no solo gestos de rechazo y consignas. Por eso me pregunto qué ganamos cuando nuestra herencia española se presenta únicamente como motivo de vergüenza.
Tampoco podemos pedir que se olvide el pasado mientras persisten desigualdades. En 2022, la pobreza por necesidades básicas insatisfechas afectaba al 68,5 % de la población indígena, frente al 33,8 % de la mestiza. Hablar de esos problemas no es vivir del victimismo: es reconocer responsabilidades actuales.
Quizá el mejor homenaje a nuestros antepasados sea dejar de repartir culpas y glorias heredadas. Conocer la historia exige memoria, rigor y capacidad para admitir contradicciones. Construir un Ecuador más justo exige algo adicional: educación, oportunidades e instituciones que funcionen. Ninguno de esos objetivos se alcanza repitiendo cada octubre la misma pelea. (O)
