Cinco sacerdotes, veinticinco años

Columnistas, Opinión

Cinco jóvenes tomaron hace veinticinco años una decisión que marcaría definitivamente sus vidas. Rodrigo Chicaiza, Ricardo Criollo, Edison Paredes, Napoleón Albán y Ciro Torres optaron por el sacerdocio. El próximo lunes, la Diócesis de Ambato celebrará sus bodas de plata, una ocasión para agradecer por su servicio.

Después de una pesca extraordinaria, los primeros discípulos llevaron sus barcas a tierra, lo dejaron todo y siguieron a Jesús, según cuenta el evangelista Lucas (Lc 5,11). Aquella escena, ocurrida a orillas del lago de Genesaret, ayuda a comprender el sentido de la decisión que tomaron los cinco. La vocación nace de una llamada que invita a orientar la propia existencia a un objetivo concreto.

El sacerdocio es, ante todo, un don que no se reduce al ejercicio de determinadas funciones. Su sentido más profundo está en la entrega de una vida que encuentra su razón de ser en el servicio. Esa convicción, que seguramente acompañó los primeros pasos de su ministerio, ha debido madurar con el paso del tiempo. Una cosa es responder con entusiasmo a la primera llamada y otra, igualmente importante, sostener esa respuesta durante toda la vida.

Esa fidelidad adquiere un significado particular en las circunstancias actuales. El sacerdocio se ejerce en un contexto muy distinto al de comienzos de este siglo. La disminución de las vocaciones es una realidad preocupante. Al igual que la práctica religiosa que pierde presencia en la vida de muchas familias. Por eso, perseverar en el ministerio merece una consideración especial.

A lo largo de estos años, la vocación de Rodrigo, Ricardo, Edison, Napoleón y Ciro se ha desarrollado en medio de las comunidades donde han servido. La vida de un sacerdote termina vinculándose profundamente con la historia de su pueblo. Esa relación, construida mediante la convivencia cotidiana, explica por qué una celebración como esta despierta tanto afecto y gratitud entre los fieles. Las bodas de plata sacerdotales pertenecen, de alguna manera, también a esas comunidades.

No celebramos únicamente el aniversario de una ordenación, sino el camino recorrido desde entonces. Tenemos motivos suficientes para agradecerles. Este aniversario nos recuerda que una vocación no se define por el entusiasmo con que comienza, sino por la fidelidad con que se sostiene. Responder a una llamada es importante; permanecer fiel a ella durante veinticinco años merece una fiesta.

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