Así como pensamos, somos III

Columnistas, Opinión

La semana pasada, de una manera fascinante entendimos cómo en nuestro cerebro hay un filtro sensorial que decide qué estímulos del entorno pasan a la consciencia y cuáles se ignoran para no saturar nuestra mente. Éste nos puede construir o destruir dependiendo de cómo hemos formado nuestra identidad, ese diálogo interno, ese que nadie escucha, ese que suena dentro de nuestro cráneo mientras fingimos estar tranquilos por fuera. ¿Qué le decimos a ese ser que vive ahí adentro? Porque si nos repetimos frases como, «Seguro me va a salir mal, yo nunca tengo suerte para estas cosas, los demás sí pueden, pero yo no.» Entonces estamos forjando nuestra realidad, la estamos construyendo ladrillo por ladrillo con el material más resistente que existe, la repetición.

Lo que la neurociencia demuestra no es que pensar reemplace a la acción, es que el pensamiento repetido determina qué acciones nos parecen posibles, cuáles ni siquiera consideramos y con cuánta intensidad las ejecutamos cuando decidimos movernos. 

Existen neuronas especializadas que se activan tanto cuando realizamos una acción como cuando simplemente la imaginamos con suficiente detalle. Por eso, muchos exitosos de alto valor, no solo se preparan con el cuerpo, sino también dentro de su propia cabeza, visualizando cada movimiento con precisión quirúrgica antes de ejecutarlo en la realidad.

No es cábala ni rito vacío, es entrenamiento neuronal auténtico. Cuando visualizamos con detalle una versión de nosotros mismos: disciplinados, enfocados, capaces de sostener el esfuerzo cuando todo dentro de nosotros pide rendirse, estamos activando circuitos muy similares a los que usaríamos si ya estuviéramos viviendo esa realidad. Si llevamos años alimentando pensamientos de derrota, de excusas, de “así es la vida y no hay nada que hacer”, cambiar eso no va a ser cuestión de un día ni de repetir una frase bonita frente al espejo. El camino que llevamos transitando durante años está profundamente marcado. Cambiarlo requiere abrir un sendero nuevo a través de terreno que todavía no conoce nuestros pasos. Al principio se puede sentir miedo, incomodidad, pesadez y hasta burlesco. Vamos a sentir que nos estamos mintiendo a nosotros mismos. Esa sensación es normal. Es nuestro propio cerebro resistiéndose a abandonar el camino fácil, el que ya conoce, aunque ese camino nos mantenga dónde llevamos estancados durante años. La buena noticia es que la repetición funciona exactamente igual en la dirección contraria. Cada vez que decidimos, aunque sea con esfuerzo, aunque sea sintiéndonos un poco falsos al principio, sostener un pensamiento de disciplina en lugar de rendición, de posibilidad en lugar de derrota, estamos debilitando el sendero viejo y fortaleciendo uno nuevo. No de forma mágica ni instantánea, sino de misma manera lenta y silenciosa en que se formó el patrón que hasta hoy nos está limitando con miedo, temor, nerviosismo. Nadie construyó su inseguridad en un solo día y así mismo nadie construirá su fortaleza mental en una sola tarde tampoco. Cada repetición cuenta. Cada vez que elegimos conscientemente el pensamiento que nos fortalece en lugar del que nos hunde, estamos dando un paso más sobre ese sendero nuevo y con el tiempo ese sendero se vuelve tan natural como el anterior alguna vez lo fue. (O)

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