Por un salto al vacío

La influencia social no siempre nace de la política. Muchas veces se construye lejos de sus estructuras: en el periodismo, el deporte, la educación, los gremios, el arte, las redes sociales o en cualquier actividad donde una persona consigue reconocimiento, audiencia y capacidad de convocatoria.
Ese reconocimiento constituye una forma de capital social.
Y, en política, ese capital tiene valor.
Por eso no sorprende que partidos y movimientos busquen acercarse a periodistas, deportistas, dirigentes, maestros, artistas, influencers y profesionales que ya poseen visibilidad pública.
Incorporar nuevas voces y renovar la participación ciudadana puede ser legítimo y saludable para la democracia.
El problema aparece cuando esa influencia deja de ser un atributo personal para convertirse en moneda de cambio. Entonces comienza el verdadero salto al vacío. Porque una cosa es participar en política desde las propias convicciones y otra muy distinta utilizar una actividad profesional o social como trampolín para alcanzar una posición política, mientras se intenta conservar la apariencia de independencia.
En el periodismo, esta frontera resulta especialmente delicada. Investigar, preguntar, denunciar y colocar determinados asuntos en la conversación pública otorga un poder considerable. Cuando ese poder está orientado por el interés público, cumple una función esencial para la democracia. Pero cuando comienza a responder a compromisos, simpatías, antipatías y a expectativas o aproximaciones partidistas, la línea entre informar y posicionarse puede hacerse peligrosamente tenue.
Y no ocurre solamente con los periodistas.
Un dirigente gremial puede transformar su representación en plataforma electoral. Un deportista puede convertir su popularidad en candidatura. Un influencer puede trasladar su audiencia digital a la política. Un maestro puede utilizar su liderazgo comunitario para respaldar una determinada opción.
Participar no es el problema.
La democracia necesita ciudadanos que quieran comprometerse con ella.
Lo que merece escrutinio es la forma en que se construyen esas relaciones: los favores, los espacios privilegiados, los apoyos selectivos, las plataformas facilitadas y los vínculos que eventualmente puedan existir detrás de determinadas apariciones públicas.
Los partidos y movimientos también tienen responsabilidad. Buscar figuras conocidas para proyectar renovación puede ser parte de una estrategia política legítima. Pero cuando la notoriedad pesa más que las convicciones, la experiencia o la preparación, el ciudadano corre el riesgo de convertirse simplemente en una pieza útil del tablero electoral.
Por eso, frente al discurso de la renovación, conviene formular preguntas incómodas: ¿quién impulsa a quién? ¿Quién facilita los espacios? ¿Quién financia o respalda determinadas plataformas? ¿Qué vínculos existen detrás de ciertas exposiciones públicas? Y, sobre todo, ¿las posiciones que se defienden nacen de convicciones propias o de conveniencias adquiridas?
Preguntar no significa condenar. Investigar no equivale a prejuzgar. Y participar en política no debería exigir renunciar a la integridad profesional.
La notoriedad puede abrir puertas, pero no garantiza legitimidad. La influencia puede conseguir seguidores, pero no necesariamente autoridad.
El salto desde la sociedad hacia la política puede ser una decisión honorable o una caída en el vacío.
La diferencia siempre estará en algo aparentemente sencillo y, al mismo tiempo, difícil de preservar: la independencia con la que cada persona decida dar ese salto. Siempre será preocupante identificar actores institucionales, moviendo hilos tras bastidores y anudando entuertos. O, contando los días de ausencia.
Aunque parezca inverosímil la coexistencia de intereses superpuestos, es parte del juego.
