Educación formativa

Los resultados del Plan Decenal de Educación aplicado hasta el 2016 evidenciaron la necesidad imperiosa de transformaciones a largo plazo en el sistema educativo. Dos de ellas son notables: la brecha territorial de cobertura educativa y la calidad de los aprendizajes. Primero, porque persisten diferencias marcadas de calidad, acceso y tasa de alfabetización entre las zonas urbanas y las rurales. Segundo, diversas evaluaciones y análisis críticos señalan que el salto cuantitativo en cobertura no siempre vino acompañado de la mejora esperada en las destrezas cognitivas y en la resolución de problemas por parte de los estudiantes.
Antes de dicho plan, la planificación educativa en Ecuador dependía del gobierno de turno y del ministerio de educación respectivo. El Plan Decenal de Educación cambió este enfoque tradicional mediante consulta popular; así, se convirtió en el primer plan educativo aprobado directamente por la ciudadanía en el 2006. Esto blindó las políticas educativas contra la inestabilidad política por un plazo de diez años, basándose en ocho políticas centrales bajo el lema: “Pacto social y una Política de Estado a largo plazo”.
Es cierto que este mandato no cumplió con la totalidad de los ejes, metas y objetivos, pero sentó las bases para que el siguiente gobierno implementara políticas direccionadas por un modelo de alto rendimiento, donde las acciones “no eran para hoy, sino para ayer”. Se pasó de una sociedad disciplinada y cumplidora de deberes a una sociedad donde la presión de “poder hacer más” ya no era externa, sino interna. Así se generó la autoexplotación, sinónimo de ser verdugo y víctima a la vez, lo que encamina al individuo al desgaste mental crónico. Las instituciones públicas y privadas —y no solo educativas— demandan permanentemente alto positivismo y, bajo el ecuatorianísimo lema del “sí se puede”, generan agotamiento y catástasis mental; no por incapacidad, sino por intentar alcanzar estándares inalcanzables de éxito.
Los tiempos sociales son cada vez más drásticos e impredecibles. La sociedad actual es vista como una “sociedad de rendimiento” obsesionada con la productividad, donde los individuos se autoexplotan bajo la falsa creencia de “libertad profesional”, que resulta en agotamiento y enfermedades mentales como el burnout y la depresión. El entorno insufla al sujeto con egos falsetas como «hiperactivo», «destacado», «ejemplar» o «triunfador», volviéndolo incapaz de la contemplación humana y centrándolo solo en logros individuales y en el cumplimiento del “nada es imposible”, dentro de un sistema exigente e ilimitado.
Esta demanda de la sociedad del conocimiento exige la formación de un modelo de individuo que al final de su proceso educativo, sea un profesional que aporte a la sociedad. Los individuos que se forman en este esquema comprenden que no están atados al trabajo, y no por ausencia de vínculos, sino porque son los mismos vínculos los que los liberan. Ahora que el país cuenta con los resultados de la prueba PISA, se utiliza la retórica para fijar en los colectivos sociales el mensaje de una “educación centrada en la persona, donde la calidad y pertinencia sean coherentes con el empleo y la productividad”. Actúan como el Prometeo de Kafka, quien sugirió que el cansancio no abre heridas, sino que las cierra. (O)
