El primitivismo postmodernista y la política

Columnistas, Opinión

Nunca antes habíamos tenido tanta información, tantos medios para contrastarla y tantas herramientas para comunicarnos; y, sin embargo, pareciera que una parte de la política ha decidido regresar a la prehistoria del pensamiento.

Difícil y urgente resulta entonces, intentar una aproximación sobre el tema, sobre todo si -la expresión- se la utiliza, no necesariamente para referirse a sociedades primitivas, sino a una suerte de regresión de las formas de hacer política en plena era de la información.

A eso bien podríamos llamarlo primitivismo postmodernista.

En efecto, evidenciamos la utilización de las sofisticadas herramientas de la modernidad para reproducir las conductas más elementales de la condición humana. Ya no hace falta convencer; basta con descalificar. Ya no es necesario demostrar; alcanza con insinuar. Ya no importa explicar; resulta suficiente repetir.

El insulto, el miedo, la mentira, el rumor, el caudillismo y la reacción impulsiva han hecho presa fácil del espiritu.

La política, convertida en espectáculo permanente, encuentra en las redes sociales un territorio particularmente fértil. Allí prosperan el exabrupto, la sospecha, la indignación instantánea y esa curiosa necesidad de convertir a todo adversario en enemigo.

La complejidad de los problemas públicos es sustituida por consignas de pocas palabras, mientras la razón pierde terreno frente a la emoción.

El fenómeno no pertenece exclusivamente a una ideología ni a un sector político. Es, quizá, algo más preocupante: una cultura política que empieza a considerar la agresividad como fortaleza, la mentira como estrategia, la victimización como argumento y la imposición como ejercicio de autoridad.

En ese escenario, desconfiar de todo y de todos termina siendo presentado como lucidez. Se sospecha de las instituciones, de las personas, de nacionales y extranjeros, de quienes gobiernan y de quienes cuestionan al Gobierno. La duda razonable -que debería ser una herramienta del pensamiento- se transforma en sospecha y, convertida en método, cualquier disparate puede adquirir apariencia de verdad.

Lo más inquietante es que este primitivismo no ocurre al margen de la modernidad, sino precisamente dentro de ella. Utiliza inteligencia artificial, redes sociales, transmisiones en vivo, sofisticadas estrategias de comunicación y enormes bases de datos para regresar a una política elemental: nosotros contra ellos.

Quizá el verdadero desafío político de nuestro tiempo no sea inventar nuevas formas de comunicación, sino recuperar algo mucho más antiguo: la capacidad de pensar antes de reaccionar, escuchar antes de condenar y argumentar antes de insultar.

Porque una sociedad puede avanzar vertiginosamente en tecnología y, al mismo tiempo, retroceder en civilización. Esa, tal vez sea la expresión más acabada del primitivismo postmodernista: tener todas las herramientas para saber más y utilizarlas para entender menos.

Sin ninguna duda, el sendero del éxito nos demanda la inmediata necesidad de revisar el comportamiento social, si en verdad queremos superar atavismos y trascender. (O)

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