PISA nos pisa

Ecuador participó en PISA, el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes impulsado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Esta prueba mide competencias de jóvenes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias. En 2025 fueron evaluados 9.140 estudiantes de 266 instituciones educativas del país. Todo sonaba alentador hasta que llegaron los resultados.
Ecuador obtuvo 393 puntos en ciencias, frente a 482 del promedio de la OCDE; en lectura alcanzó 385, mientras el promedio fue 461; y en matemáticas apenas 366 frente a 463. Las diferencias son de 89, 76 y 97 puntos, respectivamente. Tampoco salimos bien parados en la comparación regional: Uruguay y Chile, por ejemplo, nos superan ampliamente en las tres áreas. Los resultados no son una percepción pesimista, sino números incómodos. PISA colocó frente al país un espejo y la imagen reflejada debería preocuparnos.
Estos resultados revelan un problema que va mucho más allá de la aplicación de la prueba PISA 2025. Durante años se ha consolidado una educación en la que aprobar termina siendo más importante que aprender. La paradoja aparece al terminar el colegio: después de más de una década de formación, muchos bachilleres necesitan acudir a institutos particulares para prepararse para el ingreso a la universidad. Esa preparación, se supone, debieron recibirla durante sus años de estudio. Algo está fallando.
Hay más. En el día a día, basta visitar los alrededores de algunas universidades para encontrar negocios convertidos en cantinas o bares desde el lunes por la mañana, mientras aulas, bibliotecas y laboratorios permanecen semivacíos. A esto se suma que muchos padres de familia optan por confrontar al maestro en lugar de preguntarse si el estudiante cumplió. Hemos confundido la tolerancia con la falta de exigencia.
No sería justo cargar toda la culpa sobre los jóvenes. Existen alumnos brillantes, maestros excepcionales y familias comprometidas. Padres, alumnos, maestros, instituciones educativas y Estado tienen distintas responsabilidades. Pero hay algo que estamos haciendo mal.
La prueba PISA no causa nuestras deficiencias, solo las evalúa. Romper el termómetro nunca cura la fiebre. Una sociedad que normaliza el esfuerzo mínimo y relativiza la responsabilidad termina premiando la mediocridad. Por eso, no deberíamos sorprendernos de los resultados. PISA hoy nos pisa porque, durante demasiado tiempo, estudiantes, familias, autoridades e instituciones hemos renunciado a la exigencia necesaria para que la educación ecuatoriana dé un paso adelante. (O)
